Castigada en el parque como una perra
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.
A once mil metros de altura, controlaba sus cuerpos desde mi asiento. Lo que les esperaba en Río era apenas el preludio del sometimiento real.
Lo que pasaba en esa sala era confidencial. Nerea lo vio todo a través de la cerradura, con la mano apoyada en la pared y la respiración cortada.
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Nueve meses de independencia fallida la devolvieron a casa de su padre, a las reglas de Carmen y a la mirada de Marcos, que desde el primer día le hacía sentir cosas que no debía.
Cuando mi madrastra echó la llave a la puerta del dormitorio y empezó a desabrocharse la blusa, supe que aquel castigo no iba a parecerse a ningún sermón anterior.
Cuando trepó a la cabina, ella creyó que le tocaba un favor cómodo. No imaginaba que el viejo camionero llevaba semanas masticando la afrenta y esa tarde tocaba pasar cuentas.
Cuando Beatriz cerró la puerta del despacho con llave, ninguno de los dos hombres entendió aún que la tutoría se había convertido en otra cosa.
Cuando ella se sentó sobre mi cara y el oxígeno empezó a bajar, entendí que mi voluntad ya no me pertenecía. Solo el latido del Amo decidía si yo respiraba.
Firmamos el papel sin leerlo. Tres días después mi mujer volvió del cobertizo con la marca de otro hombre quemada en la nalga y una calma que aún no entiendo.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
Cuando los tacones de la rubia retumbaron en el pasillo y la cadena tiró del collar, Adrián supo que esa mañana iba a aprender lo que es ser propiedad.
Mi marido la dejó castigada en su habitación antes de viajar. Cuando subí a llevarle la cena, ella me esperaba con apenas un top turquesa y una sonrisa que no era de niña.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Bruno bajó al sótano y abrió mi jaula. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso se hundían más, mientras subía a desayunar.
No me importaban el género, ni la edad, ni siquiera la apariencia. Quería un cuerpo despojado de voluntad propia, alguien que viviera únicamente para obedecer. Esta vez vine sola.
Me dijeron que era la jefa más amargada de la empresa, una viuda que detestaba a los hombres. Lo que no sabían es que yo no acepto un no cuando huele a desafío.
Llegamos a la reunión preparadas para escuchar reproches. Nadie nos había advertido que aquella tarde nosotras seríamos quienes daríamos las lecciones.