El castigo que esas cuatro mujeres le tenían preparado
Salía de entre los arbustos para escandalizar a las corredoras. Esa noche, la mujer que gritó al verlo no estaba asustada: lo estaba esperando.
Salía de entre los arbustos para escandalizar a las corredoras. Esa noche, la mujer que gritó al verlo no estaba asustada: lo estaba esperando.
Bajé el pantalón creyendo que nadie me veía. Cuando tropecé y caí a la arena, dos pares de ojos ya me observaban con una sonrisa que no prometía nada bueno.
El mensaje tenía tres líneas: «En treinta minutos. Desnúdate antes de entrar». Y la comandante más temida de la central supo que volvía a ser solo suya.
Guardó la tarjeta durante semanas, repitiéndose que jamás iría. Una tarde de viernes, sin saber por qué, se puso su mejor vestido y cruzó aquella puerta.
Caminaba entre las aulas vacías con la carpeta bajo el brazo y la regla de acero en la mano, sin imaginar que esa noche tres abusadores aprenderían a temer el sonido del metal.
Llevaba un año tragándome sus burlas en silencio. Esa tarde, cuando me sujetó de la camisa para humillarme, mi mano encontró dónde apretar.
Cuando me cambiaron el collar rojo por el verde, supe que ya no había nadie que impidiera a esos colmillos hundirse en lo más sensible de mi cuerpo.
La vi atada al carro, desnuda y en silencio, y en vez de horror sentí envidia. Mi padrino me advirtió que no había vuelta atrás; yo solo quería saber cómo se firmaba.
Adrián despertó atado a la camilla de la enfermería, con los testículos hinchados y tres mujeres decidiendo cuánto dolor merecía aquella noche.
Me hizo arrodillarme en el centro del sótano, ajustó el collar a mi cuello y sonrió: esa noche pensaba demostrarme, otra vez, cuál de los dos era el sexo débil.
Cuando desperté rota en la cama de mármol, supe que solo había una persona en el mundo capaz de hacerme sentir querida: el hombre que me enseñó a desear el dolor.
Rodeada de vampiros en aquel viejo matadero, con el collar verde apretándome el cuello, comprendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Solo podía rogar por unos días más.
Cuando el viejo Aníbal se empalmó en la bañera y soltó su comentario de siempre, supe que había llegado el momento de aplicar el consejo de Rosa.
Nunca había confesado esa atracción. Hasta que la vi apoyada en la barra, envuelta en pelaje sintético, mirándome como una depredadora elige a su presa.
La cláusula era clara: una vez dentro, ninguna súplica detendría lo que habían planeado para ella. Y aun así, firmó con las bragas húmedas.
Se sentó a la mesa con su sonrisa de siempre, esa de quien se cree el dueño del mundo. No imaginaba que esa tarde íbamos a borrársela para siempre.
Sintió la mirada antes de verla: alguien la observaba desnuda entre las taquillas. Cuando abrió la puerta de golpe, el cazador se convirtió en presa.
Me esposó en bañador por una acusación falsa, pero al apretarme para que confesara descubrió que el dolor no me asustaba. Y ella necesitaba a alguien así.
Crucé la puerta y no oí nada. Ese silencio significaba una sola cosa: esa noche mi Ama no estaba para juegos, y yo iba a pagar cada minuto de su mal humor.
Quería que entendiera que ningún título ni ascenso significa nada cuando está desnudo sobre mis baldosas, esperando que yo decida cuánto vale.