Renata me domó frente a la ventana esa noche
Cuando Renata abrió las cortinas y me puso a cuatro patas de cara al cristal, supe que esa noche iba a ser de todos los que pasaran por la calle, no solo de ella y de mi marido.
Cuando Renata abrió las cortinas y me puso a cuatro patas de cara al cristal, supe que esa noche iba a ser de todos los que pasaran por la calle, no solo de ella y de mi marido.
Bajamos a la sauna sin bañadores y entendí que mi mujer y su prima ya lo habían hablado todo: ese fin de semana en la montaña no iba a ser lo que nos contaron.
Las tarjetas estaban listas, divididas en verde, amarillo y rojo. Solo faltaba que llegaran ellos para descubrir hasta dónde éramos capaces de llegar.
«La cooperación es la única moneda que tienes», decía el mensaje. Mariana apagó el teléfono sabiendo que volvería a obedecer, igual que la última vez.
Durante dos años entregó su cuerpo cada viernes para mantener vivo a su marido. Ahora él vuelve a casa, y ella no piensa renunciar a la celda que la hizo libre.
Marina creía que solo era un muchacho indefenso. Esa tarde, descubrió que detrás de la timidez había alguien dispuesto a tomar el control de todo.
No llevaba nada bajo la pollera cuando golpeé la puerta de aquel vagón oxidado. Solo quería a un hombre. No imaginaba que el capataz aparecería a poner sus reglas.
Mientras los invitados brindaban en el salón, ella se ató el delantal sobre el vestido blanco y hundió las manos en el agua jabonosa. Era su manera de decirle: soy tuya.
Volví de la cocina desnudo, con el trapo en la mano, y supe que aquella noche no iba a quedar nada de mi orgullo sobre el mármol negro de su salón.
Llevaba un año buscando a alguien dispuesta a tomarme por completo. El correo de aquella desconocida lo cambió todo: no quería jugar conmigo, quería quedarse con mi vida entera.
Llamó a la puerta esperando una revisión rutinaria. Le abrió una desconocida con bata y una sonrisa que prometía problemas, y supo que esa tarde no mandaría él.
—Esta noche no me sirves con las manos —dijo, subiéndose la falda mientras yo seguía de rodillas, esperando la única orden que de verdad importaba.
Llevaba años robándole las chanclas para esconderme con ellas. La tarde en que me descubrió subida a una escalera, supo exactamente cómo usar mi secreto.
Bastó que ella me encontrara de rodillas junto a su cama para que la amistad se rompiera y empezara otra cosa: obedecer cada uno de sus caprichos sin rechistar.
Cuando me agarró del brazo a la salida, entendí que no buscaba una disculpa. Buscaba un esclavo, y yo ya estaba de rodillas antes de que lo pidiera.
Desperté atado al banco de cuero, desnudo y amordazado, y entendí que la sesión no era para curarme: era para que ellas se divirtieran conmigo.
Llegó del entrenamiento con el uniforme todavía puesto, me miró desde arriba y entendí que esa tarde algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
Aguanté toda la tarde pensando en el momento exacto en que cruzaría la puerta de esa habitación y él entendería, otra vez, para qué estaba ahí.
Entró al dormitorio y encontró los cajones vacíos de encaje y llenos de ropa de hombre. Esa noche supo que ya no decidía nada por sí misma.
Mucha gente me pregunta de dónde viene mi fetiche por los guantes de goma. Casi nadie conoce la respuesta. Empezó un viernes, en la habitación de mi tía, con la puerta cerrada con llave.