La hechicera lo convirtió en su esclavo sellado
Escupió a la hechicera mientras dos esclavos lo sujetaban. Ella sonrió, lamió el desprecio de su mejilla y prometió convertirlo en su próxima obra maestra.
Escupió a la hechicera mientras dos esclavos lo sujetaban. Ella sonrió, lamió el desprecio de su mejilla y prometió convertirlo en su próxima obra maestra.
Se colocó con las piernas abiertas y las manos a la espalda, temblando. Llevaba meses soñando con ese instante, y ella todavía ni siquiera lo había mirado.
Lo arrojaron desnudo al fango entre bestias, y la supervisora de la máscara sonrió: sabía exactamente cuánto tardaría el barón en suplicar de rodillas por un trozo de carne.
Apenas crucé la puerta me ordenó que me preparara, y supe que durante dos meses dejaría de ser una mujer para convertirme en su yegua más obediente.
Antes de recibir al concilio tiró de la correa, y su mascota emergió temblando desde debajo de la mesa, con la mirada perdida en pura adoración.
Desperté atada, amordazada y a ciegas, sin saber dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. Solo tenía una certeza: la mujer que fui ya no existía.
Creyó que sería el trabajo más fácil de su vida: un hombre solo, indefenso, de espaldas. No contaba con que esas mismas manos decidirían su ruina.
Cruzó murallas que nadie había vencido para clavarle la espada. Ella solo chasqueó los dedos, y el héroe descubrió quién mandaba de verdad en aquel trono.
Vino a mi sala creyendo que ningún juego de dominación podría con él. Le di una palabra de seguridad y le advertí que iba a suplicar usarla.
Llevaba años exhibiéndose impune ante las corredoras del parque. La noche que eligió a la mujer equivocada descubrió hasta dónde llega un castigo.
Creyó que esa noche mandaría él. En cuanto cruzó la puerta, las cuerdas ya estaban listas y sus sonrisas no tenían nada de inocentes.
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Llevaba una semana sin que me hablara cuando me esperó a la salida de clase, me llevó a un rincón apartado y dejó que tres desconocidos lo vieran todo.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
Cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo. —A partir de ahora haces lo que yo diga —susurró, y una parte de mí, cansada de decidir, quiso obedecer.
Beatriz ya no se resistía cuando le pasaba la cadena por el cuello. Le había cambiado el nombre, la rutina y la idea que tenía de sí misma.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Creí que actuar por mi cuenta la haría sentirse orgullosa. Me equivoqué. En cuanto Renata cruzó la puerta y vio lo que había hecho, supe que esa tarde aprendería a obedecer.
Saira trazó el círculo, encendió las velas y pronunció el nombre prohibido. Lo que apareció entre el humo no era un esclavo dócil: era una mujer que sonreía.