Amanecí mojada, como la mujer trans que soy
Cada mañana es igual: abro los ojos con el cuerpo encendido y la cama revuelta, sabiendo que ninguna almohada bastará para calmar lo que de verdad pido.
Cada mañana es igual: abro los ojos con el cuerpo encendido y la cama revuelta, sabiendo que ninguna almohada bastará para calmar lo que de verdad pido.
Pedí una piña colada en el chiringuito y el camarero me la trajo con una sonrisa. Para el segundo día, supe que su servicio iba mucho más allá de la barra.
El primer cliente me pidió algo que no estaba en mi contrato. Cuando volví al cuarto, Salvador respiraba como si llevara horas despierto.
Su novio jugaba con el móvil a un metro mientras ella entornaba la cortina del probador y, cada vez que se desnudaba, comprobaba con la mirada que yo seguía allí.
Daniel cruzó el callejón equivocado en el momento equivocado. Semanas después, frente al espejo, una desconocida con su mirada empezaba a gustarle más de lo que debía.
Abrí la puerta esperando la cena y me encontré con una chica menuda, las uñas pintadas de rojo y una sonrisa que decía bastante más que «buenas noches».
El taxi llegó a las dos y media. Subí los cuatro pisos con dos bolsas en las manos y la certeza de que ya no había vuelta atrás.
Me depilaba entero, me ponía medias y ligueros a escondidas. Nunca imaginé que un congreso de la empresa terminaría conmigo entregado a otro hombre.
Amarrada en su sillón, con el vestido de princesa y la cara pintada, escuché que golpeaban la puerta. Y entendí que esa noche dejaría de ser solo suya.
El parque estaba vacío a las nueve. Cuando aparecieron las tres siluetas oscuras al final del sendero, supe que no iba a llegar a casa la misma persona.
Llevaba semanas mostrándome ante la cámara para ella. Esa noche, con una sola frase susurrada, me pidió algo que cambió para siempre lo que yo creía querer.
No los vi nunca. Solo escuché cada palabra, cada golpe del cabecero contra la pared, y de pronto su placer también era el mío.
Cuando abrí la puerta para respirar el aire mojado, alguien saltó la tapia. Estaba desnudo, no dijo su nombre, y mi marido seguía durmiendo dentro de la casa sin saber nada.
Las dejé junto a la lavadora como una prenda más, pero en cuanto las acerqué a la nariz supe que esa mujer lo había planeado todo desde el principio.
Le pedí a mi amigo que me acompañara a cumplir algo que llevaba años imaginando: dejar que unos desconocidos me vieran. No esperaba cuánto me iba a gustar.
Frente a la pantalla, con un trapo entre los dientes para no gritar, obedecí cada orden de un hombre al que nunca le vi la cara. Y volvería a hacerlo.
Él me lo pidió desde la pantalla y yo obedecí: abrir la ventana, dejar caer la ropa y dejar que esos hombres me miraran sin pudor.
En la fila de los tragos me pidió oler mi perfume. Cuando se inclinó contra mi cuello entendí que esa noche el recital iba a terminar en cualquier lugar menos en mi casa.
Nunca tuve privacidad para nada. Esa tarde, en un banco vacío y con la falda subida, entendí que por fin podía hacer exactamente lo que quisiera.
Nunca quise hacer cámara. Hasta que una noche aposté por la curiosidad y un usuario sin rostro me pidió quedarse a solas conmigo.