El masajista del noveno piso me ató en el balcón
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
Llevaba toda la mañana en albornoz, frente al ordenador, hasta que algo se movió tras la ventana del bloque de enfrente y supe que ese día iba a ser distinto.
El leggin blanco se me transparentaba bajo la sudadera, y supe que esa noche, en la camioneta vacía, el chófer iba a mirarme de otra manera.
Fui al club por una noche tranquila. Terminé cruzando la puerta del cuarto con la mujer de otro hombre y la promesa de que él esperaría fuera.
Subí al tercer piso con mis medias de red y mis tacones blancos, entreabrí la puerta y esperé a que el sonido de mis pasos despertara el hambre de los hombres del pasillo.
Acepté la invitación con la lencería guardada en la cartera. No imaginé que la cámara no iba a existir, y que el plan real era yo.
Marqué el número con el pulso temblando. Una voz con acento sudamericano me dijo que subiera al tercero, que no me dolería, que esa noche aprendería a pedir más.
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Tres mañanas por semana ella limpiaba el corredor justo al otro lado de mi escritorio. Y tres mañanas por semana yo aprendí a no apartar la vista del cristal.
Le susurré mi fantasía al oído en medio del vagón lleno. Ella se sorprendió, después me mordió el labio y supe que esa noche íbamos a un hotel.
Le pedí a mi marido una foto suya y me llegó la de otro hombre: un desconocido perfecto. Esa noche no imaginé hasta dónde me llevaría esa imagen mientras dormía.
Llevaba un año sin escribirle. Esa tarde abrí el correo, escribí su nombre y, antes de pensarlo, ya le contaba exactamente lo que quería que me hiciera.
Faltaba más de una hora para llegar, el asiento de al lado estaba vacío y aquel cosquilleo entre las piernas no me dejaba pensar en otra cosa.
Llevaba días caliente y sin un solo minuto a solas. Ese viernes reservé una habitación, saqué el vibrador de la caja y decidí que esa noche era mía.
Tenía el pelo rojo, los labios pintados y un cuerpo que paraba el tráfico. Lo que no imaginé fue lo que encontraría cuando metí la mano bajo su vestido.
Ella nunca había estado con alguien con quince años más. Esa noche, en la habitación del hotel, descubrió que la inteligencia también seduce.
Le advertí que si no me gustaba, la bajaba en la siguiente esquina. Sonrió, recostó mi asiento y me pidió que cerrara los ojos un segundo.
Cuando me metieron en esa celda jamás imaginé que dos desconocidas iban a convertirla en el escenario donde aprendí lo que era rendirse al deseo y al placer.
El cajón se atascaba por culpa de un cuaderno manuscrito. Dentro estaban escritas las páginas más íntimas de un desconocido y su amante de ocho años.
Cuando me arrodillé en la arena con el sol pegándome en la espalda, no imaginé que alguien observaba cada movimiento desde el otro lado del peñasco.