Lo que Camila me enseñó una noche de invierno
Me puse la ropa de Camila como una broma. Terminé en el departamento de un desconocido, sin saber cómo había llegado hasta ahí ni qué iba a pasar.
Me puse la ropa de Camila como una broma. Terminé en el departamento de un desconocido, sin saber cómo había llegado hasta ahí ni qué iba a pasar.
Cuando vi las luces de esa camioneta parpadeando en el estacionamiento, supe que el desayuno familiar iba a esperar.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Daniela me pidió que la llevara a su colonia. Al llegar, dos vecinos tomaban cervezas afuera. Uno tenía un secreto que mi amiga ya sospechaba. Yo decidí comprobarlo.
La app en el móvil oculto decía tres hombres, un hotel, sin romanticismo. Solo tenía que escribir «sí». Lo hice antes de pensarlo dos veces.
Caminé sola por calles oscuras, con la rabia de quien acaba de ver a su novio con otra. No buscaba nada. Y aun así, algo encontré.
Marcos era voyeur y llevaba años queriendo verla con otro hombre. La tarde que lo intentaron por primera vez, dos desconocidos en un restaurante cambiaron todo.
Pedí agua con gas y él entendió todo. Quería cada caricia, cada mirada ajena, estar completamente lúcida para no perderme ni un instante.
Llevaba un cuaderno de versos bajo el brazo y sonrió como si supiera lo que estaba pensando. No debería haber vuelto sobre mis pasos. Pero lo hice.
Cuando ayudamos a Rodrigo a acostarse y Andrés se quedó detrás de mí, supe que aquella noche no iba a terminar como debía.
Me dijeron que el cliente era especial. No me dijeron que era el hombre más temido de la ciudad. Ni que en cuanto lo até, empezaría a romperse de verdad.