Lo que pasó con el sobrino de mi marido esos días
Marcos lo presentó como el hijo de un primo, de visita unos días. Pero Elena no tardó en notar la forma en que el muchacho la miraba cuando nadie más prestaba atención.
Marcos lo presentó como el hijo de un primo, de visita unos días. Pero Elena no tardó en notar la forma en que el muchacho la miraba cuando nadie más prestaba atención.
Habían pasado doce meses desde la última vez. Doblé una esquina del centro y choqué con ella: el mismo perfume, la misma mirada, las mismas ganas que creí olvidadas.
Le pedí ayuda con una cañería que yo misma podía arreglar. La verdad es que solo quería verlo entrar a mi casa sabiendo que estábamos los dos solos.
Salió al pasillo a buscarme, me miró fijo y me dijo que tenía una pregunta. No me imaginaba lo que iba a pasar cuando cerró la puerta de la habitación.
Durante eones solo conocí el silencio del vacío. Hasta que enganché una señal en un mundo azul y, sin pedir permiso, me colé en el cuerpo de una mujer que ardía.
Llevaba todo el verano deseándolo y nunca me atreví. Aquella tarde, con la piscina en silencio y nadie cerca, Adrián saltó al agua sin nada y me miró desde el centro.
Su mano fría se cerró sobre mi brazo como una presa. Yo era noventa kilos de músculo y, aun así, frente a él me sentí pequeño, examinado, comprado.
Tenía el bolígrafo en la mano y la deuda de toda una vida sobre la mesa. Lo único que me pedía a cambio era dejar el orgullo en la puerta.
La orden fue simple: arrodíllate. Mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza pudiera negarse, y supe que esa noche iba a cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
La regla era simple: al cerrarse las puertas del ascensor, yo dejaba de ser una persona y me convertía en parte de su mobiliario.
Aquella siesta, con el ventilador rugiendo y la casa vacía, mi primo me miró distinto y me dijo que tenía algo que demostrarme. No imaginé hasta dónde llegaría.
Eligió el urinario de al lado sin pensarlo. Cuando sus miradas se encontraron en el espejo, supo que ninguno había entrado solo para lavarse las manos.
Reconocí su sonrisa de diablo apoyada en la barra, con la toalla negra y el arnés rojo, y supe que esa noche el sauna entero iba a ser testigo de lo nuestro.
Cuando la puerta se cerró y se tragó la última luz, ya solo existían las manos, las bocas y la voz de Mateo diciendo que esa noche yo era suyo.
Cuando entramos desnudos y chorreando, los tres tipos que se enjabonaban se apartaron sin decir nada y nos dejaron el centro, como si supieran que la noche todavía no había terminado.
Iván seguía dormido entre mis brazos cuando un ruido en el pasillo me sacó de la cama. No imaginaba que el último día sería el más caliente de todos.
Tenía novia y se hacía el duro, pero esa noche, encerrados en el cubículo del baño, fue él quien me puso la mano en la nuca y me pidió que se la chupara bien.
Andrés guardó su tarjeta dos días sin atreverse a escribir. Cuando por fin lo hizo, no imaginó que esa misma noche estaría desnudo contra la pared de su propio recibidor.
El cabecero de su cama golpeaba la pared a un ritmo constante, y yo, despierto en la oscuridad, ya no podía fingir que aquello no me importaba.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.