Le pedí que no fuera delicado y me lo dio todo
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
«Tengo el arnés en el bolso», me susurró sobre el ruido del bar. «¿Quieres dejar de fingir y comprobar si eres tan valiente como pareces?».
La noche que mi jefa leyó mi historial de navegación, supe que estaba perdido. Lo que no supe es cuánto iba a disfrutar cada paso de mi rendición.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Me descalzo nada más entrar, todavía con el sabor de sus órdenes en la boca. Antes de desnudarme escribo el mensaje de siempre: «Ya en casa, Amo».
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
La hice cambiar de ropa antes de llegar a la obra: quería que cada uno de sus obreros entendiera, con una sola mirada, quién mandaba de verdad ahora.
Llevaba mi pequeño secreto de metal entre las piernas mientras él daba clase, convencida de que era yo quien tenía el control. Me equivoqué en cada cálculo.
Llegó a la fortaleza envuelta en sedas, convencida de que su belleza ya había comprado una vida de lujos. No imaginaba el precio que cobraría su nuevo marido esa misma noche.
Me dijo que cerrara los ojos y confiara en él. Lo hice. Lo que vino después fue la fantasía que nunca me había atrevido a pedir en voz alta.
Cruzó las piernas frente a mí y algo no encajaba. Su voz era dulce, pero sus manos demasiado grandes. Tardé días en entender qué me había robado el sueño.
El grito atravesó el patio interior y los vecinos con niños subieron el volumen del televisor. Sabían perfectamente lo que ocurría en el tercero izquierda.
Aquella lencería de novia no era para mí, pero cuando me la probé frente al espejo de mi oficina supe que esa noche iba a pasar algo que no podría contarle a nadie.
«Bajá a las nueve. Bien duchado, depilado y sin ropa interior. Hoy te vamos a usar entre los dos.» Apagué el teléfono con las manos temblando y empecé a contar las horas.
Salí desnuda de la ducha y ella seguía con el uniforme puesto, apoyada contra las taquillas, mirándome con una sonrisa que jamás había visto en los entrenamientos.
Solo quería que ella jugara a mandar una noche. No imaginé que firmaría un contrato del que jamás podría salir, ni en quién terminaría convirtiéndome.
En el sueño tengo el cuerpo que siempre quise, y sé que él va a cruzar esa puerta para recordarme exactamente qué soy ahora.
Salió del baño con un cinturón de doble punta colgando de un dedo y una sonrisa que no admitía discusión. Naia nunca había visto algo así de cerca.
Bajé la cabeza y solo supe responder «sí, señora». Esa noche dejé de ser una invitada para convertirme en algo que las dos podían usar a su antojo.