Los excesos que vi cuando vendía mi cuerpo
Creían tenerlo todo bajo control hasta que algo se rompía. Yo estaba ahí, mirando y participando, aprendiendo dónde estaba la línea que no pensaba cruzar.
Creían tenerlo todo bajo control hasta que algo se rompía. Yo estaba ahí, mirando y participando, aprendiendo dónde estaba la línea que no pensaba cruzar.
Yo solo quería sentir algo nuevo en la cama. Lo que no esperaba era ver a mi propio novio rendirse igual que yo frente a aquel hombre enorme.
«Llámala», le dije. «Quiero que venga, que sienta lo que perdió y que pague por el mensaje de anoche.» Él tragó saliva y marcó su número sin pensarlo dos veces.
Subí a su piso convencido de que me esperaba la mujer más imponente que había visto. No imaginaba que la noche apenas empezaba ni quién más dormía al final del pasillo.
Acepté su fantasía creyendo que era un regalo para él. Lo que ninguno imaginó es que esa noche descubriría justo lo que quería… y dejaría de conformarme.
Encendí la mecha y los encerré a los dos en un piso vacío. Ahora mi marido me ruega presenciar lo que viene y mi cuñado ya firmó en blanco, sin saber lo que le espera.
Les puse una sola norma: yo decidía qué se hacía y hasta dónde se llegaba. Ninguno de los dos imaginaba lo lejos que pensaba llevar aquella noche.
Tenía una cita secreta con mi amante de aquella fiesta en la azotea. Lo que no esperaba era que la otra apareciera tras la roca, dispuesta a no quedarse mirando.
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Una me empujó contra la pared mientras la otra se arrodillaba sin decir palabra; supe enseguida que esa tarde no iba a salir entero de ese departamento.
Yo siempre me enamoraba; ella solo quería divertirse. Pero esa noche, detrás de una puerta del local, descubrí algo de mí misma que jamás imaginé.
Me dijo que era libre de irme cuando pagara mi deuda. No había cadenas en aquella puerta, y aun así mis pies no se movieron del sitio.
La primera vez que me llamaron guerrero, algo dentro de mí se enderezó. Pero fue su mano en mi cintura, junto al fuego, lo que terminó de prenderme.
La vi dirigir la mudanza con esa voz ronca y supe que no podría sacármela de la cabeza. Lo que no imaginé fue todo lo que escondía bajo el corsé.
Cuando el aire fresco me golpeó la piel desnuda entendí que no estábamos en la habitación: me había sacado al jardín, atada y a oscuras, y cualquiera podría haberme visto.
Acordamos que quien llegara primero esperaría en el coche. Llegué yo. Quince minutos después, dos golpecitos en el cristal despertaron todos los nervios que creía controlados.
Esa tarde Damián tenía otros planes. En cuanto crucé el umbral me dio dos bofetadas y me ordenó cruzar el piso desnudo moviendo el culo.
Cada marca que las cuerdas dejan en mi piel me acerca un poco más al abismo. Pero es lo único que silencia su voz... la del hombre al que dejé morir.
Acepté el trabajo por el dinero. Lo que no esperaba era que el silencio de esa casa terminara empujándonos a los dos hacia algo que ninguno podía nombrar.