El desconocido del andén cumplió mi fantasía prohibida
Le confesé a un extraño de internet la fantasía que nunca me atreví a contar. No imaginé que un martes cualquiera, en el vagón lleno, decidiera cumplirla.
Le confesé a un extraño de internet la fantasía que nunca me atreví a contar. No imaginé que un martes cualquiera, en el vagón lleno, decidiera cumplirla.
Tres golpes secos en la puerta y supe que era él. No traía recibo, solo esa sonrisa torcida que me erizaba la piel cada vez que el alquiler se atrasaba.
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.
Llevaba media tarde recordando aquel viaje al norte cuando sonó el timbre. No esperaba a nadie. Lo último que imaginé fue lo que ese desconocido haría conmigo.
Me rozaba la cintura cada vez que entraba a comprar, pero esa noche en la plaza fui yo la que decidió cuándo, cómo y hasta dónde.
Era una broma: ponerme el collar rosa a cambio de una pizza. Pero apreté el botón y dejé de ser yo. Otra persona empezó a mover mi cuerpo desde dentro.
Sola en lo alto de la pista, con las luces partiéndole la piel, decidió que esa noche mandaba ella. Y los tres hombres no eran más que su público.
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.
Hay una noche que nunca aparece en mis recuerdos compartidos. La guardé bajo llave durante años. Hoy, por fin, me atrevo a contarla tal como ocurrió.
La mañana después del derrame, se miró al espejo y su cuerpo ya no era el mismo. Y la forma en que su marido empezó a mirarla tampoco volvió a ser la de antes.
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.
Tocó el timbre a las siete menos diez, con chocolates para los niños y esa sonrisa con la que siempre disimulaba que en realidad venía por otra cosa.
La puerta se cerró a mis espaldas con un clic definitivo, y entendí demasiado tarde que el paquete que traía era yo mismo, listo para ser desempacado.
Nos arreglamos durante horas: dos travestis no salen a cazar sin estar impecables. Esa noche, además, alguien esperaba las fotos de todo lo que pasara.
Podía nublar una ciudad entera con su deseo, pero esa noche fue Renata quien cerró el candado, se guardó la llave en el bolsillo y le sonrió como una carcelera enamorada.
Cuando la tumbé en la cama y le bajé las bragas con un solo movimiento, vi en su cara que aquella noche cambiaría todo entre nosotras. Yo no iba a ser su iniciada dulce.
La llave de su jaula cuelga del cuello de otra mujer, y cada día que pasa sin liberación su poder crece. Esa noche, el barrio entero iba a sentirlo.
Llevaba un mes y medio enjaulada por orden de Bruna. Esa mañana, cuando la llave giró por fin, ni el barrio entero pudo contener lo que se desató.
Cuando la diosa liberó su sexo en mitad de la tienda, Renata supo que su vida de cronista discreta había terminado para siempre.
Daniel me prohibió tocarme mientras me follaba. La regla aguantó hasta la noche en que el camionero volvió antes y nos encontró en el baño.