Lo que pasaba en el archivo después del almuerzo
Veinte años entrando a las ocho y saliendo a las cinco, sin que nadie sospechara nada. Hasta el día en que tres hombres entraron a reparar la nave.
Veinte años entrando a las ocho y saliendo a las cinco, sin que nadie sospechara nada. Hasta el día en que tres hombres entraron a reparar la nave.
Crecí entre rodajes y confesiones, pero nadie me preparó para la verdad que mi madre soltó una noche, con una sonrisa torcida, mientras él me miraba desde la puerta.
Nadie en su círculo sospechaba lo que pasaba tras la puerta del dormitorio: cada noche el medallón oscilaba y Andrés desaparecía un poco más.
Subí a esa suite dispuesta a todo por el contrato. No imaginé que la prueba real empezaba al día siguiente, en la habitación cerrada del hijo del dueño.
Llegó con los labios recién pintados y me dejó su marca en las dos mejillas, delante de toda la redacción. Yo solo pensaba en arrastrarla detrás de la puerta antes de que se fuera.
Al principio fue solo un juego de roles que sugirió la terapeuta. Pero cuando llegó la semana de ella, las medias y el candado de castidad dejaron de ser un juego.
Tener una verga en el culo y otra en la boca no era mi plan para un sábado. Pero entré a la sauna, crucé dos miradas y todo cambió.
Toqué el timbre esperando a mi novio. Abrió un hombre de casi sesenta años que me miró de arriba abajo y entendió, en un segundo, exactamente lo que yo era.
Dormía en el metro, muerto de frío, cuando un hombre se me acercó y me habló de dinero fácil. No imaginé hasta dónde estaría dispuesto a llegar por un billete de vuelta.
Tengo el cargo, el poder y la última palabra. Entonces llegó él, veintisiete años y una calma peligrosa, y entendí que obedecer también podía excitarme.
Desperté empapado y su mensaje ya brillaba en la pantalla: no se le ocurra borrar nada. Llevaba sus calzoncillos puestos y él todavía no había terminado conmigo.
Creí que mis dos amigos me esperaban en mi cuarto para cobrarse la apuesta. Al salir del baño, en mi cama había alguien que no esperaba ver desnudo otra vez.
Andrés tenía cincuenta y tres años y un matrimonio roto cuando ella le rozó la mano con sus uñas rojas y le susurró al oído que no temiera explorar.
Salí del gimnasio sin ducharme, tal como él me lo había pedido. Esa tarde descubrí que obedecer a otro hombre podía darme más placer que mandar.
Llevaba una hora moviéndome por la barra, lanzando miradas de «no me mires» que en realidad gritaban «cómeme». Buscaba machos de verdad, de los que huelen a gasoil.
Lo que iba a ser un almuerzo cualquiera con un desconocido de internet terminó conmigo en su cama, mordiendo la almohada para no gritar.
Todavía me arde por dentro y no puedo dejar de pensar en lo que me hiciste. Te escribo esta carta porque ya no aguanto las ganas de volver a ser tuya.
Diez minutos de espera y ahí estaba él, puntual como siempre, sin saber que yo lo miraba. Lo que no imaginé fue lo que encontré en mi felpudo a la mañana siguiente.
Ella cerró la puerta con llave, llenó la bolsa del enema y me miró fijamente. «No me obligues a ponerme dura contigo», dijo. Y supe que esa noche todo iba a cambiar.
Llevábamos siglos odiándonos y queriendo matarnos. Lo que no esperaba era acabar con su polla hasta el fondo mientras el coche se caía a pedazos debajo de nosotros.