La fiesta de mis vecinos terminó conmigo en su cama
Cuando subí a la mesa a bailar para ellos, supe que no iba a bajar igual. Eran diez, después fueron doce, y ninguno se quedó con las ganas.
Cuando subí a la mesa a bailar para ellos, supe que no iba a bajar igual. Eran diez, después fueron doce, y ninguno se quedó con las ganas.
Acordamos cruzar media provincia para que nadie nos viera comprando dos pruebas de embarazo. No esperábamos hallar a alguien igual que nosotras detrás del mostrador.
Crucé las piernas despacio hasta rozar su rodilla en la butaca de al lado. Ella no apartó la mirada de mis muslos, y yo supe que esa noche no terminaríamos viendo la película.
Entró pidiendo un vestido provocador y se desnudó frente al espejo sin pudor. La estilista solo debía tomarle las medidas; terminó de rodillas, temblando, incapaz de apartar la mirada.
Su marido sonreía desde la barra mientras ella me cogía de la mano y me llevaba hacia la puerta del fondo, esa que nadie cruzaba por casualidad.
Subí al coche todavía caliente del baño y, cuando vi sus ojos en el retrovisor, supe que no iba a llegar al café sin que él me viera de cerca.
Llevaba años diciéndole que no a una sola cosa. Aquella tarde, en la arena, una pareja se nos acercó a pedir fuego y entendí que mi marido lo había planeado todo.
Noelia nos miró por encima de la copa de cava y soltó la pregunta que nadie esperaba: ¿cómo llevábamos nuestra vida sexual después de tantos años juntos?
Mi mujer entró al círculo con una sonrisa que yo conocía bien: la de quien está a punto de convertirse en el centro de todas las miradas.
Sabía que ella ardía bajo la fachada de mojigata. Lo que no esperaba era que su marido terminara pidiéndome que me la llevara a la cama. Y que ella suplicara por más.
Solo queríamos enjuagarnos el salitre. Nadie nos avisó de que en aquel rincón perdido la ropa sobraba y las reglas las ponía el deseo.
Le dije que entrara sola. Una hora en la barra imaginándola, y cuando por fin abrí la puerta de aquella habitación, lo que vi me dejó sin aire.
Una mano paciente salía de entre las rejas y me acariciaba el vientre sin prisa. Mi marido me soltó un botón de la camisa para abrirle camino.
Me puse la falda más corta para que las colegas de mi marido me envidiaran. Nunca imaginé que el tren me llevaría a otro sitio.
Le planchaba las camisas como si fueran ofrendas y le ataba los cordones de rodillas. Nadie imaginaba lo que haría la noche que la sacaron a tomar una copa.
Desperté en otro camarote, con el sabor de dos hombres en la boca y la certeza de que ya no había vuelta atrás. Quedaban veinticuatro horas de crucero.
Me dejó sus bragas sobre la mesilla como cada noche. Pero esta vez entré en su cuarto sin avisar y encontré algo que lo cambió todo entre nosotros.
Lo vi bailando con otra y algo se rompió en mí. No busqué venganza, busqué a alguien que me hiciera sentir lo que él ya no me daba.
Yo le había dado permiso para que nos miraran. Lo que no esperaba era que ella misma corriera la cortina y apartara mi mano para poner la suya.
La música me vibraba en el cuerpo, sus ojos no se despegaban de mí, y supe que esa noche iba a hacer algo de lo que no me arrepentiría jamás.