Mi prometida bailó en lencería ante los mirones
Valeria llevaba semanas preparando el baile. Yo sabía que iba a pasar, pero verla ahí, con ese liguero, rodeada de cuatro hombres hambrientos, fue otra cosa.
Valeria llevaba semanas preparando el baile. Yo sabía que iba a pasar, pero verla ahí, con ese liguero, rodeada de cuatro hombres hambrientos, fue otra cosa.
Lorena tenía fama de que le gustaban las mujeres. Yo nunca le había dado importancia hasta aquella mañana de primavera en que quedamos encerradas las dos.
Rodrigo palideció de golpe y retiró el teléfono. Supe exactamente qué había pasado antes de que abriera la boca para explicarse.
Llevar tres sillas plegables a un callejón de madrugada fue idea de ella. Lo que pasó después me dejó mirando desde afuera, con la boca seca y el corazón acelerado.
Él me preguntó por una dirección y yo lo acompañé sin pensarlo. Nunca imaginé que minutos después estaría contra la pared de un edificio en obras con los pantalones en los tobillos.
La primera vez que entré no sabía lo que pasaba en la oscuridad. Una mano extraña rozó mi pierna y lo cambió todo para siempre.
Cuando levanté el pulgar en la carretera, lo único que quería era llegar a casa. Cuando noté sus ojos en el retrovisor, cambié de idea por completo.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Él apareció entre las dunas, se detuvo a mirar y no se fue. Nosotros seguimos, y él también. Así empezó el juego más excitante que hemos tenido.
Pensé que enfrentarme a una mujer sin entrenamiento sería pan comido. El primer abrazo de oso me sacó esa idea de la cabeza para siempre.
Cuando su madre bajó las escaleras con ese vestido ajustado, Marcos supo que ese viaje al cine no iba a terminar como esperaba.
Marcos lo tenía todo preparado. A mí solo me dijo que me pusiera el vestido gris y llegara puntual a la sala de exposiciones.
La tienda estaba vacía y el chico era joven. Yo llevaba días imaginando ese momento exacto y no pensaba desaprovecharlo.
Esa semana entera dormimos mal. Sabíamos lo que nos esperaba el sábado, y esa certeza convertía cada noche en un anticipo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
La primera vez que la vi, su marido estaba en la habitación de al lado. La segunda, sus labios estaban en mí. No pude pensar en otra mujer durante semanas.
Nunca había salido vestida a la calle. Ese viernes decidí que era el momento: minifalda, tacones y el vagón más lleno del año. Lo que pasó superó todo lo imaginado.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Era miércoles y aproveché la hora del almuerzo para escaparme. Lo que iba a ser una mirada curiosa terminó con su mano en mi nuca y un sabor nuevo en la boca.
Mi primo Daniel cayó frito en la hamaca. Lorenzo y yo nos quedamos solos, mirando la playa convertida en orgía. Lo que pasó después todavía me persigue en agosto.