Imagino a mi ex con la otra y termino deseándola a ella
Releía sus mensajes solo para torturarme. Pero esa noche, con el vibrador en la mano, dejé de imaginarlo a él y empecé a imaginarla a ella.
Releía sus mensajes solo para torturarme. Pero esa noche, con el vibrador en la mano, dejé de imaginarlo a él y empecé a imaginarla a ella.
Llevaba dos años con Rodrigo y se decía a sí misma que era solo una copa con un compañero. Cuando entró al departamento de Lautaro, supo que ya no había vuelta atrás.
Contrataron al stripper como una broma. Pero cuando el prometido tocó la puerta a las tres de la mañana, la despedida se transformó en algo que ninguna olvidaría.
Bailamos tres canciones y bastó. Volé al norte intentando olvidarlo, dormí con otro pensando en él, y diez meses después marqué su número desde un hotel.
Llevaba dos meses fingiendo que iba al despacho cuando en realidad caminaba sin rumbo por Barcelona. Aquella noche marqué el número del único que podía salvarme.
La encontré bebiendo sola junto a la piscina, dolida y rabiosa, y supe que ya no iba a consolarla como un hijo. Esa tarde cruzamos algo que jamás podríamos deshacer.
Hacía once meses que mi esposo no me tocaba. Esa noche, a solas con su mejor amigo y una lata de pintura, descubrí cuánto me había estado conteniendo.
No era ni el día ni la hora en que solía venir a buscar a mi marido. Y mi marido no estaba en casa. Yo tampoco sabía todavía lo que iba a pasar esa tarde.
Coloqué la cámara entre mi ropa para confirmar mis sospechas. Nunca imaginé que esa grabación terminaría reescribiendo todo lo que deseábamos en la cama.
Le enseñé el vídeo y se derrumbó en el suelo del salón. Pero cuando volvió a levantarse, ya no era la mujer a la que su marido había humillado durante veinte años.
La llamaba repugnante mientras vivía algo que nadie sospechaba. Esa noche lo seguí, y lo que encontré cambió por completo el plan que teníamos para él.
El espejo me devolvía a una novia perfecta. Nadie imaginaba lo que me obligarían a hacer en la habitación 131 antes de subir al coche nupcial.
Tenía el chalet, los coches y una esposa que detenía conversaciones. Nadie sabía que, dentro de aquellas paredes, él no era más que su sirviente desnudo.
Bajé a estirar las piernas en la estación y, al volver, la mano de aquel desconocido ya estaba en el muslo de mi madrastra. Lo que vino después no lo conté nunca.
Cuando el señor del desayuno entró en la oficina y me sonrió, entendí que mi amigo no lo había dejado pasar por casualidad.
Doña Marisol subió a mi cuarto a echarme la bronca. Cuando tropezó al levantarse de la cama, su mano fue a parar justo donde no debía haber caído jamás.
Hay un secreto que guardo desde aquella noche que él me desnudó despacio y me devolvió un cuerpo que yo creía dormido para siempre.
Bailábamos pegados en la pista cuando sus dedos se colaron bajo mi falda. Lo que pasó después en su coche me persiguió durante semanas enteras.
Creía conocer todos los juegos de mi marido. Hasta que abrí ese historial y leí, con su propia letra, lo que de verdad pasó aquella noche en el motel.
Leí cada palabra que le escribía a la otra y, en lugar de rabia, sentí un calor entre las piernas que no reconocía. Esa tarde dejé de ser invisible.