El gimnasio que abría solo para mí los domingos
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.
Cuando cruzamos la puerta de aquel local en penumbra, supe que esa noche compartiríamos algo que ninguno de los dos podría olvidar jamás.
Entre el humo y los gritos del público, Soledad ya no sabía dónde terminaba ella y empezaba su hija. Solo sabía que no quería que esa noche acabara nunca.
Solo quería dormir la borrachera. Pero cuando la puerta se abrió y entraron ellos tres, decidí seguir con los ojos cerrados para ver hasta dónde se atrevían.
Volví al chalet pensando que todo había terminado, y me encontré la piscina llena de cuerpos, vasos por el suelo y a la pantera esperándome en el agua con una sonrisa que lo decía todo.
Llevaba horas tirada sobre la toalla, el sol bajando, y cada vez que creía haber terminado alguien nuevo se arrodillaba a mi lado con otra idea en la cabeza.
Cuatro mujeres, nueve hombres y una cabaña con piscina. Subí a la van sabiendo que algo iba a pasar, pero no que iba a entregarme a todos sin pensarlo dos veces.
Dejé el móvil en la entrada, monté mis platos y, cuando se hizo de noche, entendí por qué: medio jardín follaba sin pudor y la anfitriona venía directa hacia mí.
Bajé a la cocina prácticamente desnuda, con tres desconocidos arrodillados en mi salón y mi pareja al otro lado de la pared. Lo que no sabía era que él lo estaba grabando todo.
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.
Pensé que solo serían unas fotos más. No imaginé que las manos de los tres terminarían recorriéndome a la vez, ni que yo me dejaría llevar sin pensar en mi marido.
Cuando me puso la venda en el portal, lo único que sentía era una gota que bajaba despacio entre mis muslos y el corazón a punto de salírseme.
Cuando se mudó al apartamento de enfrente no imaginé que una tarde, mientras su hijo dormía, su mano subiría por mi muslo y yo separaría las piernas sin pensarlo.
Frente a la cámara, la sexóloga prometió una simple clase de anatomía. Pero cuando la conductora deslizó la mano bajo su tanga, las dos supieron que ya no había vuelta atrás.
No era temporada de rebajas y la tienda estaba vacía. La vendedora rubia me siguió hasta el probador con una excusa, y yo dejé la cortina abierta a propósito.
Yo solo servía las bebidas. Ella me miraba desde el otro lado de la barra como si ya supiera, antes que yo, cómo iba a terminar esa noche.
Cuando se quitó la blusa frente a la ventana abierta, supe que no iba a parar aunque medio barrio estuviera mirando. Y yo tampoco quería que parara.
Eligió la ropa pensando en él, no en su marido. Esa noche dejaría de ser una esposa fiel para convertirse, durante un fin de semana entero, en la mujer de otro hombre.
Nadia se arrodilló frente al ventanal de cristal sabiendo que los vecinos del jardín de al lado no perdían detalle. Y esa fue apenas la primera tarde.
Bianca puso tres tangas en el centro de la mesa y anunció que el premio del juego lo cobraríamos con el postre. Ninguno imaginaba dónde pensaba servírnoslo.