Mi marido me entregó a otro hombre ese fin de semana
Desperté desnuda junto a un hombre que no era mi marido y, por primera vez en años, me sentí completamente deseada. Él todavía no había terminado conmigo.
Desperté desnuda junto a un hombre que no era mi marido y, por primera vez en años, me sentí completamente deseada. Él todavía no había terminado conmigo.
Bajé del baño y me la encontré de rodillas frente a él. En vez de frenarlo, me senté en la butaca de enfrente y decidí mirar hasta el final.
Llevaba el huevo vibrante puesto desde que salieron del hotel, y Lorenzo decidía cuándo correrse delante de todos. Esa noche su marido ya no era parte de la ecuación.
Cuando Renata abrió las cortinas y me puso a cuatro patas de cara al cristal, supe que esa noche iba a ser de todos los que pasaran por la calle, no solo de ella y de mi marido.
Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en mí por encima del hombro de su acompañante. No me conocía, pero su mirada ya me había desnudado entera.
Cuando Néstor abrió la puerta buscando a quién emparejarse, mi novia ya tenía las manos donde no debía y una idea en la cabeza que lo cambiaría todo.
Acordamos comportarnos como dos extraños en la arena: ella tendría que seducirme con medio mundo mirando, y yo tendría que aguantar sin delatarme.
Nunca habíamos entrado a un local así. Cuando aquella pareja de la playa cruzó la puerta y se sentó en nuestra mesa, supe que la noche ya no nos pertenecía solo a nosotros.
No sabíamos cómo salir del agua sin que se notara lo que acabábamos de hacer. Lo que no imaginábamos era que la noche apenas empezaba, y que la fiesta de los vecinos lo cambiaría todo.
Después de veinticuatro años casados, Marina me susurró que solo quería mirar. Tres horas más tarde, yo miraba cómo otro hombre la hacía perder la cabeza.
Bruno me cargaba en vilo, clavada a su cuerpo como si no pesara nada, y yo me dejaba llevar. Lo que no imaginé es que alguien nos observaba desde la ventana de enfrente, cámara en mano.
Subimos con dos botellas de champán y la idea de pasar un rato agradable. Nadie nos dijo que la familia de enfrente entendía las cenas de otra manera.
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.
Nunca imaginé que aquella chica tímida de gafas, que se sonrojaba al hablar de sexo, terminaría desnuda y entregada en una jaima perdida del desierto.
La regla era simple: solo mirar, quedarnos en ropa interior y nada más. Duró exactamente hasta que ella puso mi mano sobre su pecho y me pidió que apretara.
Estábamos solos en la playa hasta que un hombre se detuvo en la orilla a mirarnos. Y en lugar de cubrirnos, decidimos darle algo que mirar.
Le elegí yo el vestido: blanco, ajustado y sin nada debajo. Quería que fuera la más deseada de la cena, y todavía no imaginaba hasta dónde nos llevaría esa noche.
Hugo nos enseñó un vídeo donde nadie sabía quién tocaba a quién. Dijo que era para vencer los celos. No sabía que el sorteo me pondría a mirar lo que más temía.
La encontré esperándome en la cama, pero esa noche no la quería solo para mí. La saqué al pasillo, desnuda, justo frente a la puerta donde dormía mi amigo.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.