El profesor que me pagó por algo más que una pizza
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Habían pasado tres años desde la última vez. Cuando se acostó de espaldas mostrándome ese culo enorme bajo el bóxer, supe que no iba a aguantar la noche entera mirando videos.
Cuando abrí la puerta, lo vi delgado y desgarbado, con las mejillas marcadas por el acné. Iba a ser la primera vez de los dos: para él en la cama, para mí en mucho tiempo.
Llevaba toda la tarde buscando, sin suerte. Ya estaba camino a casa cuando vibró el celular: «Tengo el auto en el estacionamiento del híper, ¿te animas?».
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
Llevaba semanas insinuándose entre bromas y caricias hasta que me lo pidió como regalo de cumpleaños. Esa noche dejó de ser virgen en mi cama.
Tenía 27 años, una caja de herramientas al hombro y una curiosidad que nunca me había atrevido a nombrar. Aquella cortina iba a contestarlo todo.
Subí al ascensor con las manos sudadas. Llevaba semanas hablando con él por internet, pero ahora estaba ahí, a tres pisos de saber si era capaz de hacerlo.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.
Pensé que la noche acabaría con un videojuego y una cena tonta. No con su cuerpo arrodillado frente a mí, temblando tanto como yo.
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Bajaba del ascensor con la escoba y la cara baja. Nadie en el edificio imaginaba que ese chico de Salta tenía mi número guardado, ni lo que iba a pasar un martes a las nueve.
Toqué el timbre con las manos heladas. No había escuchado su voz en dos años, pero al abrir la puerta supe que esa noche íbamos a terminar algo que dejamos abierto.
Cuando le abrí la puerta a las diez de la mañana, no imaginaba que un favor con el iPhone terminaría con él gimiendo bocarriba en mi cama.
Tenía veintiún años y nunca había estado con nadie. Lo que empezó como un mensaje en una app terminó en la habitación catorce de un motel a cinco cuadras de mi casa.
Entré por un cruasán a las cuatro de la madrugada y los vi de pie, hombro con hombro, junto a la mesa del obrador. Mi padre no me oyó llegar.
Me miré en el espejo con el vestido rojo y los tacones plateados. Cuando salí del baño, mi tío me esperaba con una mirada que no era de tío.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Lo vi al otro lado de la estantería abierta y supe que no estaba estudiando. Cuando entró al baño y me habló del cansancio, ya sabía que esa tarde no abriría un libro.
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.