Descubrí mi deseo gay con mi mejor amigo de la facultad
A las tres de la madrugada le pregunté si quería besarme. Lo único que nos separaba era el sueño de la chica que dormía a un metro de la cama.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
A las tres de la madrugada le pregunté si quería besarme. Lo único que nos separaba era el sueño de la chica que dormía a un metro de la cama.
Eran casi las once de la noche y el edificio entero parecía vacío. Cuando giré la silla, lo único que faltaba era que alguien abriera esa puerta. Y la abrieron.
El recepcionista le guiñó un ojo al entregarle la toalla. Aquel gesto fue solo el comienzo: en cada sala lo esperaba un cuerpo distinto y un calentón nuevo.
Bajé del camión con la cabeza caliente y los pantalones apretados. Sabía a qué iba al baldío, pero no que iba a salir cogido tres veces seguidas.
Cuando bajé descalzo a la cocina aquella mañana y vi a mi padre sentado en calzoncillos, supe que algo iba a romperse antes de la primera taza de café.
Sabían que el olor fuerte y el vello me ponen como pocas cosas. Aquel sábado llegaron con esa sonrisa que solo significaba una cosa: la sorpresa era para mí.
Tenía diecinueve años, venía de pueblo y jamás había pensado en otro tío. Hasta que aquel ejecutivo se arrimó a mi codo en el vagón lleno y me sonrió.
Llevaba semanas buscando algo distinto en la app cuando apareció su perfil: cincuenta y tantos, frase corta, mirada directa. Su casa estaba a ocho minutos caminando.
Llevaba meses sospechando algo entre ellos. Esa madrugada, después del último trago, descubrí que mi instinto no me había engañado en absoluto.
Cuando llegué al claro, Iker ya me esperaba apoyado en la piedra, con esa sonrisa nerviosa que solo me dedicaba a mí cuando estábamos solos.
Cuando me dijo que se parecía a la cantante del mostrador al disfrazarse, su madre sonrió y yo entendí que aquello no iba a quedarse en una broma.
La Polaroid colgaba de mi cuello cuando ella apareció bajo el umbral, descalza y sonriendo, custodiada por dos hombres que yo no conocía de nada.
Cuando vibra el teléfono a las cuatro de la madrugada sé que es él, que ningún otro lo quiso esta noche y que va a pagar lo que sea con tal de que aparezca.
Esa tarde de otoño, cuando los dedos del príncipe rozaron los del leñador junto a la pila de leña caída, ninguno imaginó hasta dónde llegaría aquel calor.
Bajé del catre con la excusa del cargador. No fue una excusa. Lo que vi en la otra punta del cuarto me convirtió en cómplice antes de cruzar palabra.
Cuando sentí su pene contra mis nalgas en la oscuridad, supe que ninguno de los dos iba a dormir esa noche. Y quince años después, sigo pensando en ello.
Cuando las luces se apagaron en la planta 22 y supe que íbamos a estar horas a solas con él, no imaginé hasta dónde sería capaz de llegar.
Le devolví la mirada con la nota en el bolsillo, sin saber todavía que esa misma tarde iba a marcar su número y descubrir hasta dónde llegaba su oferta.
La campanilla del motel sonó como una advertencia que ninguno de los dos quiso escuchar; afuera tronaba y adentro ya empezábamos a desvestirnos con la mirada.
Estaba perdido a tres cuadras de su hostal y me pidió ayuda. Acepté subir por un vaso de agua. A los diez minutos no quedaba ni rastro de mi camiseta.