El italiano y yo cruzamos la línea esa noche
Pensé que la noche acabaría con un videojuego y una cena tonta. No con su cuerpo arrodillado frente a mí, temblando tanto como yo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Pensé que la noche acabaría con un videojuego y una cena tonta. No con su cuerpo arrodillado frente a mí, temblando tanto como yo.
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Bajaba del ascensor con la escoba y la cara baja. Nadie en el edificio imaginaba que ese chico de Salta tenía mi número guardado, ni lo que iba a pasar un martes a las nueve.
Toqué el timbre con las manos heladas. No había escuchado su voz en dos años, pero al abrir la puerta supe que esa noche íbamos a terminar algo que dejamos abierto.
Cuando le abrí la puerta a las diez de la mañana, no imaginaba que un favor con el iPhone terminaría con él gimiendo bocarriba en mi cama.
Tenía veintiún años y nunca había estado con nadie. Lo que empezó como un mensaje en una app terminó en la habitación catorce de un motel a cinco cuadras de mi casa.
Entré por un cruasán a las cuatro de la madrugada y los vi de pie, hombro con hombro, junto a la mesa del obrador. Mi padre no me oyó llegar.
Me miré en el espejo con el vestido rojo y los tacones plateados. Cuando salí del baño, mi tío me esperaba con una mirada que no era de tío.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Lo vi al otro lado de la estantería abierta y supe que no estaba estudiando. Cuando entró al baño y me habló del cansancio, ya sabía que esa tarde no abriría un libro.
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.
Cuando sonó el timbre a las nueve en punto del segundo día, ya sabía que aquel hombre no iba a marcharse sin tocarme. Lo que no imaginaba era lo del tercero.
Cuando se dio vuelta sobre la cama y vi lo que colgaba entre sus piernas, supe que esa tarde en el hotel del pasaje no iba a salir de mí en años.
Lo conocía hacía meses, los dos casados, los dos escondiéndonos. Esa noche me escribió pidiéndome algo que nunca le había hecho a nadie.
La primera madrugada sentí el peso de alguien sobre el colchón. Olía a tabaco y a tierra. Me quedé inmóvil, fingiendo dormir, mientras una mano subía por mi pierna.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Bajo la luz azulada del amanecer, su respiración pausada me dijo que dormía profundo. Me acerqué hasta sentir su olor y supe que ya no podría detenerme.
Subí a la silla frente al espejo, las piernas en el aire para las fotos que mi novia me pidió. No esperaba que él entrara, ni lo que vino después.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.