El homófobo de la oficina era el chico de la máscara
Cada vez que pisaba su departamento, soltaba bromas sobre maricones. Una semana después lo reconocí en el video del club: máscara, jaula y veinte hombres esperando turno.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cada vez que pisaba su departamento, soltaba bromas sobre maricones. Una semana después lo reconocí en el video del club: máscara, jaula y veinte hombres esperando turno.
La litera de arriba estaba vacía cuando me acosté. A las nueve subió él, con la mochila al hombro y una mirada que no necesitó palabras.
Cuando subió al coche y me sonrió, supe que esa noche no íbamos a poder llegar a ningún sitio decente. Tenía que ser nuestra, aunque fuera en un camino de tierra entre almendros.
Subieron al cuarto del panadero a tomar cerveza, pero el olor a sudor seco les hizo bajarse los pantalones antes de saber muy bien por qué.
Bajamos las rocas hasta esa cala oculta con dos toallas, seis cervezas y la promesa silenciosa de que esta vez no íbamos a llevar el bañador puesto.
Lo vi en bóxer una sola vez y desde entonces no puedo dormir sin pensar en él. Que sea mi medio hermano debería bastar para detenerme, pero no basta.
Pasé por delante de la cabina cinco veces antes de atreverme a mirar dentro. El hombre del pelo gris levantó la vista y me hizo un gesto sin decir nada.
Tenía veinte años, los bolsillos vacíos y una bombacha ajena guardada cuando él salió a fumar y empezó a hablar de un billete arrugado.
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.
Lo esperé desnudo bajo una bata, sentado en el sillón, oyendo cómo se acercaba su carro. Cuando abrió la puerta, supe que ya no había vuelta atrás.
Tenía setenta y tantos, una mirada que no era de deseo sino de complicidad, y una foto mía guardada en un celular viejo que casi no funcionaba.
Tenía veintiún años y nunca había mirado a otro hombre así. Aquella tarde, en el chalet de Joaquín, descubrí que el deseo no avisa antes de aparecer.
Cuando mi padre se fue a los proveedores, bajé al obrador con la excusa de echar una mano. No imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Necesitaba compañía. Sin pensarlo, le pregunté si quería meterse conmigo. Lo que vino después cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis amigos.
Cuando sentí su pecho velludo rozarme la espalda mientras alcanzaba una taza, supe que aquel piso compartido no iba a ser tan tranquilo como prometía el anuncio.
Esa mañana me vestí con un body de encaje bajo la camisa de trabajo. Nadie podía adivinarlo. Nadie excepto el hombre que me miró el culo cuando bajé del autobús.
Eran las once y ya no podía concentrarme. Abrí la app sin esperanza, pero treinta minutos después caminaba hacia su edificio con una caja de forros en el bolsillo.
Llevaba meses fingiendo que los hombres ya no me interesaban. Bastó una voz al teléfono y la promesa de un regalo para que cayera otra vez.
Empezamos con stickers tontos al final del turno. Después vino el apodo. Después la fantasía. Esa noche me escribió que mi casa le quedaba más cerca y no supe decir que no.
Bajé tarde a por dos tostadas y un café. No imaginé que el desconocido de la mesa de al lado iba a apoyar la mano en mi muslo antes que la tostadora soltara la primera.