La confesión del viaje que no debimos hacer
Los dos llevaban anillo de casados y veinte años haciendo lo mismo en los viajes de trabajo. Todo cambió el día que pararon en esa playa.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Los dos llevaban anillo de casados y veinte años haciendo lo mismo en los viajes de trabajo. Todo cambió el día que pararon en esa playa.
Eran dos mochileros, veinte años, sin un duro. Aceptaron el aventón sin preguntar qué pediríamos a cambio. El peaje lo cobramos lejos, donde nadie pudiera vernos.
Llevábamos años saliendo juntos sin que pasara nada. Esa noche en el club algo cambió: su cuerpo pegado al mío en la pista, y ninguno de los dos hizo nada por parar.
Subí mi torso al portal por curiosidad, sin pensarlo dos veces, y dos días después estaba tocando el timbre de un desconocido con las manos sudadas.
El agua caía sobre nosotros y yo estaba de rodillas. Esos tres días me enseñaron que hay placeres que no se pueden reprimir por mucho que lo intentes.
El timbre sonó pasada la medianoche y abrí esperando una pizza. Era un extraño con una botella en la mano y la verdad sobre mi mujer en los labios.
Esa tarde en la playa supe que los cuatro nos miraban. Lo que no sabía era que esa noche todo lo que Roberto y yo habíamos imaginado iba a ocurrir.
Andrés sabía exactamente lo que hacía con sus manos. Yo llegué con dolor de espalda y salí con algo que no tenía nombre, algo que todavía pienso cuando me duermo.
Lo de buscar sexo por internet siempre había salido bien, hasta esa tarde de viernes en la habitación 207, cuando entendí que con extraños uno nunca sabe.
Nunca pensé que la primera vez que un hombre me poseyera sería detrás de la espalda de mi mujer, en una habitación que olía a champaña.
Llegué al motel quince minutos antes con las manos sudando. Cuando lo vi cruzar el estacionamiento, supe que no iba a salir de esa habitación siendo el mismo de antes.
Aquel sábado mi tía salió de prisa. Su amante seguía dormido en la habitación. Lo que hice en silencio cambió todo lo que pensaba sobre mí.
Entré al gimnasio buscando mujeres, jamás pensé que sería el entrenador quien terminaría haciéndome temblar en las duchas a medianoche.
Tres meses cruzando mensajes con un desconocido casado, hasta que aquella tarde en el centro comercial decidimos que ya no podíamos seguir solo escribiendo.
Me puso las esposas de terciopelo en las muñecas y el antifaz sobre los ojos. Me dijo que confiara, que iba a gustarme. Yo no sabía cómo decirle que sí.
Pasé el último curso mirándole el culo en sus vaqueros. El día que cumplí los diecinueve volví al aula vacía para terminar lo que nunca empezamos.
Llevaba años fingiendo. Cuando ella propuso pasar el fin de semana en la playa nudista con sus amigos, no imaginé que era la trampa perfecta para sacarme del armario sin avisar.
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Soy padre, soy contador, y aún así esa semana entré dos veces al mismo motel. La primera con un treintañero atlético. La segunda con un chico al que no volví a ver.