Lo que pasó con mi jefe en la cafetería vacía
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.
Escondía en un cajón cacheteros que nunca enseñaba a nadie. Esa noche, con un hombre de cincuenta y un años del otro lado de la pantalla, decidí mostrarlos.
Diego siempre me ponía cachondo y yo lo evitaba por mi novio. Hasta que esa tarde me llevó a la sauna del gimnasio y entendí que no iba a poder seguir mintiéndome.
Don Salvador llevaba un mes en el edificio cuando lo descubrí escondiendo el teléfono. No vi lo que miraba, pero por su forma de tartamudear, lo imaginé enseguida.
Lo conocí en una entrega de premios donde ninguno quería estar. Le di fuego en el pasillo trasero y, sin saberlo, le di también todo lo demás.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
Mi amigo bebió el último trago, me miró desde el sillón y empezó a contarme por qué había abandonado a su esposa una mañana de junio sin previo aviso.
Tenía veinte años, dos meses y catorce días cuando llenó el tanque, subió a la sierra y empujó la puerta de la única carnicería abierta de Risca Alta.
Apenas me subí al carro ya tenía la verga afuera y la sonrisa que yo conocía. Me dijo que ahora sí podíamos hacerlo a pelo, y supe que la tarde iba a ser larga.
Pagué ochenta pesos sin saber bien qué buscaba. Lo único que sabía era que no quería volver a casa todavía y que esa puerta cerrada llevaba demasiado tiempo llamándome.
Llegué a su departamento convencido de que iba a penetrarlo. Salí descubriendo que lo que mi cuerpo siempre había buscado era todo lo contrario.
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Habían pasado tres años desde la última vez. Cuando se acostó de espaldas mostrándome ese culo enorme bajo el bóxer, supe que no iba a aguantar la noche entera mirando videos.
Cuando abrí la puerta, lo vi delgado y desgarbado, con las mejillas marcadas por el acné. Iba a ser la primera vez de los dos: para él en la cama, para mí en mucho tiempo.
Llevaba toda la tarde buscando, sin suerte. Ya estaba camino a casa cuando vibró el celular: «Tengo el auto en el estacionamiento del híper, ¿te animas?».
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
Llevaba semanas insinuándose entre bromas y caricias hasta que me lo pidió como regalo de cumpleaños. Esa noche dejó de ser virgen en mi cama.
Tenía 27 años, una caja de herramientas al hombro y una curiosidad que nunca me había atrevido a nombrar. Aquella cortina iba a contestarlo todo.
Subí al ascensor con las manos sudadas. Llevaba semanas hablando con él por internet, pero ahora estaba ahí, a tres pisos de saber si era capaz de hacerlo.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.