Cuando mi esposa apareció en medio del juego
La Polaroid colgaba de mi cuello cuando ella apareció bajo el umbral, descalza y sonriendo, custodiada por dos hombres que yo no conocía de nada.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
La Polaroid colgaba de mi cuello cuando ella apareció bajo el umbral, descalza y sonriendo, custodiada por dos hombres que yo no conocía de nada.
Cuando vibra el teléfono a las cuatro de la madrugada sé que es él, que ningún otro lo quiso esta noche y que va a pagar lo que sea con tal de que aparezca.
Esa tarde de otoño, cuando los dedos del príncipe rozaron los del leñador junto a la pila de leña caída, ninguno imaginó hasta dónde llegaría aquel calor.
Bajé del catre con la excusa del cargador. No fue una excusa. Lo que vi en la otra punta del cuarto me convirtió en cómplice antes de cruzar palabra.
Cuando sentí su pene contra mis nalgas en la oscuridad, supe que ninguno de los dos iba a dormir esa noche. Y quince años después, sigo pensando en ello.
Cuando las luces se apagaron en la planta 22 y supe que íbamos a estar horas a solas con él, no imaginé hasta dónde sería capaz de llegar.
Le devolví la mirada con la nota en el bolsillo, sin saber todavía que esa misma tarde iba a marcar su número y descubrir hasta dónde llegaba su oferta.
La campanilla del motel sonó como una advertencia que ninguno de los dos quiso escuchar; afuera tronaba y adentro ya empezábamos a desvestirnos con la mirada.
Estaba perdido a tres cuadras de su hostal y me pidió ayuda. Acepté subir por un vaso de agua. A los diez minutos no quedaba ni rastro de mi camiseta.
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.
Escondía en un cajón cacheteros que nunca enseñaba a nadie. Esa noche, con un hombre de cincuenta y un años del otro lado de la pantalla, decidí mostrarlos.
Diego siempre me ponía cachondo y yo lo evitaba por mi novio. Hasta que esa tarde me llevó a la sauna del gimnasio y entendí que no iba a poder seguir mintiéndome.
Don Salvador llevaba un mes en el edificio cuando lo descubrí escondiendo el teléfono. No vi lo que miraba, pero por su forma de tartamudear, lo imaginé enseguida.
Lo conocí en una entrega de premios donde ninguno quería estar. Le di fuego en el pasillo trasero y, sin saberlo, le di también todo lo demás.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
Mi amigo bebió el último trago, me miró desde el sillón y empezó a contarme por qué había abandonado a su esposa una mañana de junio sin previo aviso.
Tenía veinte años, dos meses y catorce días cuando llenó el tanque, subió a la sierra y empujó la puerta de la única carnicería abierta de Risca Alta.
Apenas me subí al carro ya tenía la verga afuera y la sonrisa que yo conocía. Me dijo que ahora sí podíamos hacerlo a pelo, y supe que la tarde iba a ser larga.
Pagué ochenta pesos sin saber bien qué buscaba. Lo único que sabía era que no quería volver a casa todavía y que esa puerta cerrada llevaba demasiado tiempo llamándome.
Llegué a su departamento convencido de que iba a penetrarlo. Salí descubriendo que lo que mi cuerpo siempre había buscado era todo lo contrario.