Mi segunda noche con aquel hombre fue la última
Pasaron dos años desde la primera vez. Cuando me contestó el mensaje supe que iba a buscarlo, aunque algo dentro me decía que no debía.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Pasaron dos años desde la primera vez. Cuando me contestó el mensaje supe que iba a buscarlo, aunque algo dentro me decía que no debía.
Llevaba dos años deseándolo en silencio. Esa madrugada, después de la graduación, sus manos se deslizaron hasta mi cintura y supe que ya no había vuelta atrás.
Tenía veinte años, cara de adolescente y un cuerpo andrógino que volvía locos a los hombres mayores. Una noche, en un coche oscuro, descubrí lo que valía.
A las nueve y media siempre tomaba el mismo bus. Esa noche, el chico del short deportivo se sentó a mi lado aunque había diez asientos libres, y nuestras rodillas se rozaron.
Saqué el fleshlight del cajón y se lo mostré como un trofeo. Damián se rio nervioso, pero ya tenía los pants a la altura de las rodillas.
Llamé a un electricista por un trabajo en el tablero. Marisa estaba en Rosario, yo cumplía sesenta y dos años, y nunca había tocado a otro hombre.
Nos miramos en silencio bajo el agua caliente. Él sabía lo que yo quería y yo sabía que él también. Solo faltaba que uno de los dos dijera la primera palabra.
Bajé al baño buscando a Mateo y Ricardo, y lo que encontré detrás de la puerta entreabierta me dejó clavado en el pasillo, sin aire y sin poder mirar hacia otro lado.
Cuando empujé la puerta metálica esperaba encontrarlo solo, como siempre. Pero bajo aquella bombilla colgante había cuatro hombres más, y ninguno parecía tener prisa.
Llevaba meses fingiendo ser el amigo gay perfecto para meterse en su cama. Esa noche en la fiesta de la facultad descubrió, atado y de rodillas, lo que era ser un hombre rendido.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Cuando abrí los ojos a las nueve de la mañana, Daniel ya no estaba solo en la cama. Y su mejor amigo me miraba como si llevara horas esperando ese momento exacto.
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.
Vi el mensaje a las once de la noche y supe que esta vez no iba a inventar excusas. Quince minutos después estaba subiendo a su auto en un predio vacío.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
Cuando bajé al fin sus bóxers entendí lo que tanto lo asustaba mostrarme. Quise demostrarle que aquello que él odiaba de sí mismo era justo lo que yo no podía dejar de besar.
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Subió la escalerilla y dejó ese culo a dos dedos de mi cara, sacudiéndose el agua del pelo como un cachorro, sabiendo perfectamente lo que hacía.
Levantó la cabeza para darme el encendedor y entonces lo reconocí. Tomás. El mismo que a los quince años me había enseñado lo que ningún libro contaba.