Lo que pasó esa noche en casa de Mateo me cambió
Hasta esa noche había sido completamente heterosexual. Bastó una película mal elegida, una almohada improvisada y la respiración de un desconocido en mi nuca.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Hasta esa noche había sido completamente heterosexual. Bastó una película mal elegida, una almohada improvisada y la respiración de un desconocido en mi nuca.
Cuando me dio la mano para despedirnos, sentí un papel doblado contra mi palma. Decía: «Escríbeme cuando estés solo. Tengo más mezcal y quiero conocerte mejor».
Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. Pensé que era ella otra vez; era él, con dos bolsas en las manos y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Descubrí que algunos hombres se paraban frente a las rendijas de los privados, respirando agitados. Esa noche decidí darles algo que mirar.
Abrió la puerta apenas vestido, con esa sonrisa que ya no era la del cliente educado, y entendí desde el primer minuto que aquel aviso no iba a terminar con la junta del desagüe.
Cuando vi ese consolador rojo escondido en su cajón, supe que no iba a poder olvidarlo. Lo que no sabía era que él ya me había grabado.
Llevaba toda mi vida convencido de algo. Aquella tarde, junto al arroyo, viendo a un compañero salir del agua, entendí que estaba equivocado.
Lo conocí trayéndome los pedidos durante la pandemia. Nunca imaginé que él tendría la llave de la única fantasía que jamás me había animado a contarle a nadie.
Compartíamos cuarto en un hotel barato y un partido en la tele. Bastaron cuatro cervezas para que el otro me sacara una verdad que jamás pensé decir en voz alta.
Volvíamos de la playa hacia el camping cuando una chica nos hizo dedo en mitad del camino. No sabía que esa noche iba a descubrir otra cosa.
Cerré la puerta del hotel, le miré las manos temblorosas y supe que aquel desconocido estaba tan asustado como yo. Y ninguno de los dos pensaba marcharse.
Esa tarde no buscaba amor ni explicaciones; buscaba dos cuerpos distintos en una misma habitación de motel y la certeza de que nadie sabría jamás lo que pasó allí.
Cuando lo vi entrar al cuarto oscuro detrás de mí, supe que la noche no iba a terminar en mi cama. Tenía el cuerpo de los que solo se ven en revistas.
Pensé que la lluvia me dejaría sin nada. A veinte metros vi al muchacho moreno junto a la banca, empapado, y entendí que la noche apenas empezaba.
Llevaba años imaginándolo viendo videos a escondidas. Una tarde, un mensaje en una página de contactos, y un desconocido subió a mi coche dispuesto a cambiarlo todo.
Bajó por mi cintura con una calma que no era suya. Entonces supe que aquella noche no era una reconciliación, sino una despedida elegida.
Ella levantó la copa desde el rincón como brindando conmigo. Él se acercó y me dijo al oído que querían llevarme al departamento de Pichincha. Yo no sabía lo que vendría después.
Una noche, después de demasiadas cervezas, le dije que sí. Lo que vino después me obligó a replantearme todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Subí al segundo piso del bus pensando dormir las siete horas seguidas. A los treinta minutos, un rostro apareció entre los asientos y me preguntó adónde iba.
Bajaba al local del bolero a que me lustrara los zapatos y a leer cómics. Ninguno imaginaba lo que terminaría guardando él en el bolsillo de la camisa, ni hasta dónde llegaríamos.