Mi entrenadora era mujer y no supe decir no
Cuando se quitó la camiseta empapada delante de aquella chica, supo que ya no estaba sudando solo por el calor del granero.
Cuando se quitó la camiseta empapada delante de aquella chica, supo que ya no estaba sudando solo por el calor del granero.
Carla no podía quitarle los ojos de encima mientras ella entrenaba. Cada gota de sudor en su espalda encendía algo que jamás había sentido por otra mujer.
Cinco años entrenando y nunca había competido. Esa última tarde, cuando su entrenadora se sentó a horcajadas sobre ella, supo que no eran los nervios lo que la hacía temblar.
Subí al coche pensando solo en el viaje. Diez minutos después, mi jefa estaba sobre mí, su hermana giraba la cabeza para no perder detalle y su marido sonreía por el retrovisor.
Bruno me cargaba en vilo, clavada a su cuerpo como si no pesara nada, y yo me dejaba llevar. Lo que no imaginé es que alguien nos observaba desde la ventana de enfrente, cámara en mano.
Cuando Marina los llevó al sofá y les pidió que empezaran sin prisa, supe que esa cena con la pareja del gimnasio no iba a terminar como cualquier otra noche.
Marcos y Nadia solo lo habían hecho con nosotros. Esa noche, con los ojos vendados y los vecinos en camino, descubrirían hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Tenía el presupuesto justo y mi novio me ofreció la casa de su tía. Lo que no sabía era que su primo iba a convertir esa semana en algo que jamás le conté.
Subió esos cinco pisos a discutir con la madre de su novia. No imaginaba que el marido estaba en casa, ni la propuesta que saldría de su boca esa tarde.
La curiosidad de Bruno despertó algo en mí que ya no pude controlar: quería que mi entrenador me tocara de verdad, no solo en mis palabras.
Diez años de matrimonio se derrumbaron con un aro de oro olvidado en el asiento del acompañante. Carla decidió que el divorcio no sería el final, sino apenas el comienzo.
No me duché antes de volver a casa. Quería que mi novio sintiera en mi piel el sudor del gimnasio y el rastro de otro, y que no tuviera el valor de preguntar de quién.
El trayecto al gimnasio no justificaba ochenta kilómetros de más cada jueves. Esa cifra fue el primer hilo de una verdad que terminaría excitándome más que destruirme.
Cuando el puño de aquel desconocido tumbó a mi novio sobre la lona, supe que esa noche iba a hacer algo de lo que jamás podría arrepentirme del todo.
Tenía el bolígrafo en la mano y la deuda de toda una vida sobre la mesa. Lo único que me pedía a cambio era dejar el orgullo en la puerta.
La regla era simple: al cerrarse las puertas del ascensor, yo dejaba de ser una persona y me convertía en parte de su mobiliario.
Un viernes a las diez, el gimnasio casi vacío y un tipo que cargaba el doble que yo en el banco de al lado. Bastó una mirada en el espejo para que todo se torciera.
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
Estábamos solos en la sala de pesas cuando se quitó la camiseta y me dijo que tocara. No imaginé hasta dónde llegaríamos al cerrar la puerta del vestuario.
En cuanto oyó la llave girar en la cerradura, Nico supo que la llegada de su primo iba a cambiarlo todo, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.