Lo que pasó con mis hermanas en la cabaña aislada
Una propuesta hecha entre risas, frente al televisor de la cabaña, abrió una puerta que mis hermanas y yo ya no podríamos cerrar nunca más.
Una propuesta hecha entre risas, frente al televisor de la cabaña, abrió una puerta que mis hermanas y yo ya no podríamos cerrar nunca más.
Estaba desnuda en el balcón, fumando frente al mar, cuando vi al desconocido en el banco de enfrente. Y en lugar de cubrirme, decidí dejar que mirara.
Cuando bajé al salón a por un vaso de agua, mi prima me esperaba con la falda subida hasta la cintura y una sonrisa que no admitía discusión.
Yo era el novio de Camila desde hacía dos años. Esa noche, su hermana Antonella cumplió dieciocho, y entendí que en esa casa nada estaba prohibido.
Llevaba años creyendo que la diversión eran los libros y los documentales. Hasta que ella cerró la puerta del cuarto con llave y empezó a desnudarse delante de los dos.
Llegamos al hotel como cualquier matrimonio en luna de miel. Nadie en la recepción sospecha que la mujer que firma como su esposa es, en realidad, su hermana menor.
Sentí a mi melliza moverse en la ducha. Cuando entré al baño, vi su bombacha tirada en el piso, y todo se complicó esa misma mañana.
Estaba solo en el sofá cuando se abrió la puerta. Era Marina, la amiga de mi hermana, y lo que vio le hizo sonreír. Lo que pasó después no me lo esperaba.
Pensaron que querría joyas o un viaje. Cuando me preguntaron qué deseaba en realidad, no quedó más remedio que decirles lo único que jamás había pronunciado.
Pulsé el monitor sin saber qué habitación se abriría esa tarde, y en la pantalla apareció Marisol entrando al salón con su traje de motera negro.
Esa madrugada, junto a Diego dormido, comprendí que no podía pensar en él sin pensar en Mateo. Con un novio nuevo, mi hermano seguía siendo el centro.
Bajé las escaleras descalza y los encontré en el sofá. Mi hermana de rodillas, mi cuñado con los ojos cerrados. Y yo, sin pensarlo, di un paso adelante.
Cuando abrió la puerta y nos vio, pensé que la familia se acababa esa tarde. Lo que no esperaba era oírla confesarme al oído deseos que llevaba años guardando.
Cuando me agaché a recoger el libro, mi hermanastra me bajó los shorts. Las tres se quedaron mirando en silencio y supe que algo ya no podría volver atrás.
Llevaba años fantaseando con un trío. Aquella noche en el chalet familiar entendí que la lujuria a veces vive más cerca de lo que uno imagina.
Sabía que no debía levantar la sábana, que no debía mirar, pero la lluvia golpeaba la ventana y mi hermana respiraba profundo. Bajé la mirada y supe que ya no había vuelta atrás.
Le di permiso para salir con los dos la misma tarde. Cuando volvió al estacionamiento, todavía traía las marcas de uno y a las siete y media tenía cita con el otro.
Mis padres salieron el viernes por la mañana. A la una, mi hermana entró descalza en mi cuarto y echó el pestillo sin pedir permiso a nadie.
Catorce años sin verla. Cuando levanté la vista del expediente y leí su apellido, supe que esa sargento que cruzaba la puerta de mi despacho iba a desbaratarme la vida.
Pensé que mi cumpleaños se había arruinado cuando sonó el timbre y apareció mi cuñada. No imaginé que ella era, en realidad, el regalo que mi mujer había planeado.