Saber que me miraba lo hacía todo más intenso
Llevábamos tres años como amantes cuando me hizo esa propuesta. Quería verme con otro. Y saber que estaba mirando cambió todo lo que sentí esa noche.
Llevábamos tres años como amantes cuando me hizo esa propuesta. Quería verme con otro. Y saber que estaba mirando cambió todo lo que sentí esa noche.
Caminaba sin rumbo cuando alzó la cabeza desde un segundo piso y me sostuvo la mirada como si supiera, antes que yo, que terminaríamos enredados en sus sábanas.
Sonó el teléfono mientras etiquetaba mercancía nueva. Era ella, otra vez, con la voz baja de quien no quiere que la escuchen del otro lado de la pared.
Cuando colgué el teléfono, la madre ejemplar ya había muerto. Solo quedaba la mujer dispuesta a entrar a esa suite con vestido morado y tacones.
Acepté un paseo y terminé contándole a la doctora de guardia lo que de verdad había pasado en aquella casita de la frontera.
Pidió que conserváramos su virginidad. Lo que no dijo es que pensaba entregarme algo más íntimo, y mucho más difícil de olvidar.
Subí a la habitación con el corazón en la garganta y un conjunto de encaje rojo bajo el vestido. Diego ya no era una voz al teléfono.
Me llamó putita la primera vez que me vio. La segunda vez me rogó que no parara.
Llevaba meses deseándola en silencio, leyendo sus mensajes privados, siguiendo sus pasos. Cuando la cité en el hotel con una máscara, ella no supo que era yo.
Llevábamos cuatro meses viéndonos por cámara. Esa noche de diciembre, por fin estaba frente a mí en carne y hueso, dentro de una habitación que olía a lo que iba a pasar.
Me conecté al chat sin esperar mucho. Cuando vi su nick reconocí que ya nos habíamos visto. Le mandé el nombre del hotel y, diez minutos después, alguien tocó la puerta.
Llevábamos diez años juntos y yo fantaseaba con compartirla. Cuando ella se mudó por trabajo, alguien más cumplió esa fantasía sin que yo lo supiera.
Cuando le tomé las manos en el auto, frente a la plaza, ella ya sabía adónde la iba a llevar. Yo todavía fingía que no lo sabía.
Ella creía que iba a ser una noche más, pero yo había preparado la mochila con todo lo que necesitaba para enseñarle hasta dónde podía llegar su curiosidad.
No era lesbiana y faltaban seis semanas para mi boda. Pero esa noche en el hotel, Elena me enseñó todo lo que nunca había querido admitir.
Llevaba años imaginando ese momento. Cuando por fin llegó, sentado en ese sillón mientras Camila y Diego se miraban a los ojos, no podía ni respirar.
Cuatro años de hormonas me habían dado el cuerpo que siempre quise. Esa noche, los ojos celosos de Mateo me hicieron entender que él también lo quería.
Cuando vi a Mateo esperándonos en la puerta de la habitación 412, entendí que mi marido no había estado alardeando: aquello iba a pasar de verdad.
Lo vi marcharse el lunes con la maleta y un beso seco. Esa misma noche, en la cama, supe que su ausencia pesaba más que cualquier orgasmo.
Llegué solo al hotel y me dije que esa semana iba a ser distinta. No imaginaba que la mujer de la barra del bar iba a enseñarme cosas que nunca había sentido.