Seguí al proveedor de la feria hasta su habitación
Llevaba tres semanas en la empresa cuando él se inclinó sobre la mesa y me dijo que tenía algo que llamaba la atención. Esa misma tarde lo seguí.
Llevaba tres semanas en la empresa cuando él se inclinó sobre la mesa y me dijo que tenía algo que llamaba la atención. Esa misma tarde lo seguí.
Cuando aquel hombre apoyó las manos en mi espalda, supe que ya no se trataba de la fiebre ni del cansancio del viaje, sino de algo que evitaba desde hacía años.
Le dije que se trajera los modelitos más exagerados que tuviera. Quería pasearla por la ciudad y, al volver al hotel, perderme entre sus pies durante horas.
El recepcionista me entregó un paquete sin remitente. Adentro, un plug de metal y una nota con su letra: «Para nuestra cita, quiero que lo lleves puesto».
Acepté acompañarlo al viaje sabiendo que sería su mujer por unos días. Lo que no sabía era que mi cuerpo ya formaba parte de la negociación.
Nunca había tocado una panza así sin el guante y la bata de por medio. Esta vez era la de Marisol, su cuñada, y no pudo fingir que solo buscaba las patadas de los gemelos.
Llevaba años imaginándolo en silencio, sin contárselo a nadie. Esa noche, en la barra de un hotel ajeno, una desconocida decidió por mí.
Entré a la habitación a ciegas, casi desnuda bajo el abrigo, sin saber quién me esperaba al otro lado de la música. Solo la voz de mi marido me guiaba.
Cuando volvimos a la habitación ya no podíamos esperar. Entonces sonó la puerta: el regalo que le tenía preparado acababa de llegar, y tú no sabías nada.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
Me dejó sentada en el sofá con un antifaz y las manos sudando. Cuando una mano subió por mi pierna y empezó a sonar la música, supe que no olvidaría esa noche.
Soy tímida con casi todo el mundo, menos con mi marido. Por eso me sorprendió tanto desear a esa desconocida que se sentó frente a mí, como si llevara meses esperándola.
«Sabía que vendrías hoy», dijo ella, y entonces él entendió que aquel reencuentro casual no tenía nada de casual.
Sentado en el sillón, con la llave colgando entre sus pechos, supe que esa noche por fin la vería entregarse a otro hombre mientras yo permanecía encerrado.
Crucé el umbral sin ropa interior, tal como ella había ordenado. Lo que no sabía era que, al otro lado de la puerta, me esperaba un rostro que conocía demasiado bien.
No sé tu nombre, pero sé lo que te espera. Yo también creí que era amor antes de aprender a obedecer cada una de sus órdenes.
Ella se repetía que era una mujer decente, pero esa noche, en la habitación del hotel, descubrió cuánto deseaba obedecer cada una de mis órdenes.
Abrí los ojos y no reconocí la habitación: solo el peso de unas manos sobre mi piel y la certeza de que esa mañana pertenecía a otros.
Llegué temblando a la habitación, cerré las cortinas y me desnudé siguiendo sus instrucciones. Solo quería ser una boca usable. No imaginaba lo que saldría de allí.
Salí de aquella tienda temblando de deseo, sin imaginar que esa misma semana terminaría de rodillas, suplicando que me usaran sin un gramo de ternura.