Lo que pasó en la suite de Mallorca con dos desconocidos
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Tres amigas, una suite pagada por la empresa y dos malagueños con ganas de fiesta. Lorena sabía que esa última noche en la isla no iba a dormir sola.
Mi marido ni me miró cuando salí con la falda ajustada esa noche. No sabía que iba a un hotel a ver, desde una butaca, lo que yo llevaba años deseando para mí.
Creé el anuncio en secreto, elegí a los candidatos uno por uno y reservé la suite. Solo faltaba que ella cruzara esa puerta y descubriera su verdadero regalo.
Pensé que solo cenaría algo típico antes de dormir. No imaginé que esos dos chicos del bar me llevarían a la noche más desinhibida de mi vida.
Me dejó agitada frente al espejo, con la ropa a medio acomodar y una promesa colgando en el aire: esto no se iba a quedar así.
La discoteca cerró a las dos y ninguna quería irse a dormir. Pedimos la habitación con jacuzzi, dos botellas más y lanzamos una idea que lo cambió todo.
Marina sabía exactamente dónde tocar para que el cuerpo de Lucía dejara de obedecerle. Esa noche, en la penumbra del hotel, decidió averiguar hasta dónde llegaba su curiosidad.
Pasé media vida creyendo que lo tenía todo, hasta que la vi parada en la línea de producción y supe que no iba a parar hasta tenerla en mi cama.
La conocí en las excursiones, exótica y segura de sí misma. Jamás imaginé que un comentario suyo en la piscina acabaría conmigo desnuda en la habitación de mi marido.
Las bragas todavía estaban tibias cuando las descolgó del pomo. No imaginaba que esa curiosidad la llevaría hasta la cama de una desconocida.
Llevaba meses sin sentir nada. Entonces ella entró detrás de mí en el reservado, echó el cerrojo y todo lo que creía saber sobre mí se vino abajo.
Llevaba diez años resignada al sexo tibio de mi matrimonio. Entonces Lorena cerró la puerta de la ducha por dentro y me besó sin pedir permiso.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Tacones, melena rebelde y un vestido negro que valía más que todo mi armario. Yo llegué en jeans rotos y botas militares. Ninguna de las dos había venido a charlar.
Mi marido me entregó a ese hombre y se dedicó a grabar mientras yo aguantaba más de una hora con él dentro. No le interesaba mi sexo: solo mi culo.
Llevaba el huevo vibrante puesto desde que salieron del hotel, y Lorenzo decidía cuándo correrse delante de todos. Esa noche su marido ya no era parte de la ecuación.
Se enfundó el vestido negro, me besó y dijo «no me esperes». Yo sabía exactamente con quién iba a pasar la noche, y eso era justo lo que me excitaba.
Adrián nos pidió un favor por teléfono, pero la verdadera sorpresa empezó en nuestra habitación de hotel, mucho antes de la cena que tenía preparada para los seis.
«Sabía que me excitaba imaginarla con otro hombre. Lo que no sabía era hasta dónde estábamos dispuestos a llegar cuando dejé de poner las reglas.»
Llevaba noches imaginándolo. Esa madrugada, sentada en el sillón con una copa en la mano, por fin lo vi: mi marido entrando en el cuerpo de otra.