El masaje en el spa que terminó en su casa de la playa
Llevaba años dando masajes a desconocidos, pero ninguno me había hecho temblar así sobre la camilla, esperando que fuera él quien suplicara primero.
Llevaba años dando masajes a desconocidos, pero ninguno me había hecho temblar así sobre la camilla, esperando que fuera él quien suplicara primero.
Cuando mi madre abrió la puerta y vi quién entraba a cenar, se me heló la sangre: era el hombre con el que me acostaba a escondidas desde hacía dos meses.
Lo que empezó como un masaje pagado en un hotelito de pueblo se convirtió en algo que mi amiga y yo juramos no contarle nunca a nadie.
Frené la bici, le arreglé la cadena y seguí a mi oficina sin saber que esa desconocida iba a costarme el empleo... y a darme mucho más que un mal día.
Entré a ese hotel solo para secarme la ropa. Salí varias horas después, con las piernas flojas y un secreto que cargo desde entonces.
Nunca pensé que sería capaz de algo así, pero el ultimátum del banco estaba sobre la mesa y solo se me ocurrió una salida que ninguno de los dos olvidaría.
Habían viajado para cerrar un contrato, no para esto. Pero en el ascensor de aquel hotel, Lucía entendió que llevaban meses fingiendo que no se deseaban.
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.
Estaba a punto de meterme en el jacuzzi cuando llamaron a la puerta. Era ella, con mi tarjeta en la mano y esa sonrisa que yo llevaba meses imaginando.
Mientras los invitados brindaban en el salón, ella se ató el delantal sobre el vestido blanco y hundió las manos en el agua jabonosa. Era su manera de decirle: soy tuya.
Ella tenía novia y yo arrastraba una relación que se apagaba. Nos fuimos a la costa como amigos. Lo que pasó en esa habitación de dos camas no estaba en mis planes.
Cuando se fue la luz y quedamos atrapados entre dos plantas, supe que esas horas a oscuras iban a cambiarlo todo. Y yo no hice nada por evitarlo.
Habían pasado doce meses desde la última vez. Doblé una esquina del centro y choqué con ella: el mismo perfume, la misma mirada, las mismas ganas que creí olvidadas.
Cuando el entrenador le pidió que observara a los muchachos, ella aceptó con una sonrisa. Nadie sospechó que la mujer del traje azul ya había elegido a sus dos favoritos.
La terraza del motel conectaba con la suya, y desde la penumbra una voz grave me llamó «bonito». Debí entrar a mi cuarto y cerrar. No lo hice.
Damián salvó a media ciudad y se llevó al novato a su suite para celebrarlo. Tomás lo admiraba como a un ídolo, hasta que esa noche descubrió quién mandaba de verdad.
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Me hice el dormido para mirarlo. Lo que vi esa noche en la otra cama cambió por completo el rumbo de aquel viaje.
Me pongo la lencería que ella jamás usaría y espero a que golpee la puerta del motel. Sé que volverá: en su casa hay un hombre que se muere de hambre.
Bajó la voz hasta un susurro ronco al otro lado del tabique, y supe que jamás volvería a sentarme frente a él en una reunión sin recordarlo.