El collar con el que Roxana me hizo su esclavo
Apenas podía sostenerme en pie cuando ella ajustó el cuero sobre mi garganta y susurró que, a partir de esa noche, yo le pertenecía por completo.
Apenas podía sostenerme en pie cuando ella ajustó el cuero sobre mi garganta y susurró que, a partir de esa noche, yo le pertenecía por completo.
Cerré los ojos, levanté el culo y esperé a oír su voz. No quería lencería ni coqueteos: solo encontrarme desnuda y lista para que cumpliera su promesa.
Cruzó las piernas despacio para que él notara el encaje negro bajo el vestido. Esa noche no sería él quien mandara, aunque todavía no lo sospechara.
Le puse la máscara, di las órdenes y dejé que ella se entregara sin saber quién la tocaba. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado.
Bajó a recepción solo para preguntar por un sendero, pero se quedó mirando demasiado tiempo los ojos verdes de la chica del mostrador. Y la chica lo notó.
Reconocí el coche de mi madrastra en la puerta del edificio y, antes de abrir, ya sabía que esa mañana no terminaría como cualquier otra.
Reía mis chistes, me tocaba el brazo, y yo creía tenerla en el bote. No imaginé que sería ella quien tomaría el control esa noche en la habitación del hotel.
Llevaba dos años sin tocar a nadie cuando ella respondió mi mensaje con una sola pregunta: «¿cuándo nos vemos?». No imaginé cómo terminaría esa noche.
Fui a buscar a mi marido con celos y el hombre con quien bailaba me frenó: «Déjalo, yo le di permiso». No entendí nada hasta que su cuerpo se pegó al mío.
Llegué a su casa pensando que era una charla cualquiera. Entonces vi al desconocido sentado en el sofá y supe que la propuesta no iba a ser sencilla.
Cuando me jaló hacia el callejón oscuro y me besó contra la pared, supe que el viaje que había ganado en la oficina no iba a ser lo que yo imaginaba.
Acepté por aburrimiento, por curiosidad, por las ganas de sentir algo distinto. Esa noche, en un motel del centro, otra pareja nos esperaba con una botella de vino y ninguna regla.
Sabía que ella ardía bajo la fachada de mojigata. Lo que no esperaba era que su marido terminara pidiéndome que me la llevara a la cama. Y que ella suplicara por más.
Cada jueves ella inventaba una excusa torpe y yo fingía creerla. Sabía exactamente a dónde iba, con quién, y lo que harían durante esas tres horas robadas.
«¿Y no te importa que tenga polla?», soltó su primo antes de presentárnosla. Respondí que primero quería conocerla. Esa misma noche terminé arrodillado a sus pies.
Cuando salí del coche con la minifalda subida, mi marido me miraba de una forma que nunca le había visto. Esa noche dejé de ser la señora correcta que él creía conocer.
Bayron me puso el collar sobre la piel desnuda y supe que esa visita de trabajo no iba a terminar en la oficina, sino en su habitación.
Tenía veinte minutos antes de conectarme a la fiesta de mi marido. Tomás cerró la puerta del hotel y supe que esa noche iba a felicitar a mi esposo con la voz de otra mujer.
Llegó puntual, con olor a sudor limpio y a hombre. Cerró la puerta, me miró de arriba abajo y supe lo que iba a pasar en esa habitación de madera.
La reconocí en el parque pese al velo y el vestido cerrado hasta el cuello. Tres años sin vernos, y bastó una mirada para saber que volvería a mi habitación.