Me cité con una trans extranjera en su hotel
Estaba aburrido y caliente una tarde de mayo. Abrí la app, filtré por chicas trans y, media hora después, llamaba a la puerta de su habitación.
Estaba aburrido y caliente una tarde de mayo. Abrí la app, filtré por chicas trans y, media hora después, llamaba a la puerta de su habitación.
Cuando me escribió que necesitaba una acomodadita, me reí. Tres días después estaba subiendo a su carro con la cadera dolorida y el corazón saliéndose.
Llevaba años imaginándolo: maquillarme, ponerme las medias y entregarme a un hombre por primera vez. Esa tarde, en una habitación de hotel, dejé de imaginarlo.
Le pedí a mi mujer que cumpliera la fantasía que llevaba años imaginando. No esperaba sentir orgullo en lugar de celos cuando otro hombre la tocó por primera vez.
Cuando me lo encontré en aquella playa, después de tres años sin vernos, ya no era el niño que me tiraba arena al pelo. Algo en su mirada me dijo que esto no iba a acabar bien.
Pasé por delante de la cabina cinco veces antes de atreverme a mirar dentro. El hombre del pelo gris levantó la vista y me hizo un gesto sin decir nada.
Tres días en la playa, cinco amigas y un celular que nunca se apagó. Yo creía estar entre risas inocentes; otros lo veían como un espectáculo.
Acepté el reto sabiendo que ella jamás imaginaría lo que yo iba a pedir cuando llegara el momento de cobrarme la promesa.
Llevaba meses fingiendo que los hombres ya no me interesaban. Bastó una voz al teléfono y la promesa de un regalo para que cayera otra vez.
Bajé tarde a por dos tostadas y un café. No imaginé que el desconocido de la mesa de al lado iba a apoyar la mano en mi muslo antes que la tostadora soltara la primera.
No subí a ese hotel pensando que sería yo quien terminaría en cuatro, pidiéndole que no parara. Pero ella sabía exactamente lo que yo no me atrevía a admitir.
Cuando llegué al restaurante con mi vestido negro y mi conjunto de encaje debajo, ya sabía que no iba a salir de ahí siendo la esposa fiel que pretendía ser.
Lo espié desde la puerta entreabierta del baño, desnudo sobre la cama redonda, y supe que esa noche mi cuerpo iba a aprender algo que ya no podría olvidar.
Le había puesto una sola condición para llevarla al viaje: que esa noche, en el hotel, dejara de ser virgen. Camila se sentó, se quedó muda y al final asintió.
Llevaba un vestido que jamás se habría puesto con mi hijo delante, y a la segunda copa me dijo que para el sexo prefería a los hombres maduros.
Subimos al cuarto entre risas y, cuando se quitó el vestido, entendí que esa noche el que iba a entregarse era yo. Y no quise frenarlo.
Pagué por verla en una pantalla y me negué a tocarla. Lo que no imaginé fue encontrármela en carne y hueso, sentada en la misma barra que yo, esa misma noche.
A las nueve y media siempre tomaba el mismo bus. Esa noche, el chico del short deportivo se sentó a mi lado aunque había diez asientos libres, y nuestras rodillas se rozaron.
Saqué el fleshlight del cajón y se lo mostré como un trofeo. Damián se rio nervioso, pero ya tenía los pants a la altura de las rodillas.
Pensó que entraba a ese cuarto a hacerse el duro. Sabrina, con la minifalda roja y la mirada de dueña, ya había decidido que esa noche se arrodillaría.