Mis dos amantes: una confesión sin filtros
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.
Uno era atlético y casado. El otro, un señor de paso por mi ciudad. Con los dos descubrí cosas que nunca había sentido y que todavía me persiguen cuando cierro los ojos.
Soy padre, soy contador, y aún así esa semana entré dos veces al mismo motel. La primera con un treintañero atlético. La segunda con un chico al que no volví a ver.
Compartíamos cuarto en un hotel barato y un partido en la tele. Bastaron cuatro cervezas para que el otro me sacara una verdad que jamás pensé decir en voz alta.
Cerré la puerta del hotel, le miré las manos temblorosas y supe que aquel desconocido estaba tan asustado como yo. Y ninguno de los dos pensaba marcharse.
Esa tarde no buscaba amor ni explicaciones; buscaba dos cuerpos distintos en una misma habitación de motel y la certeza de que nadie sabría jamás lo que pasó allí.
Cuando lo vi entrar al cuarto oscuro detrás de mí, supe que la noche no iba a terminar en mi cama. Tenía el cuerpo de los que solo se ven en revistas.
Pensé que la lluvia me dejaría sin nada. A veinte metros vi al muchacho moreno junto a la banca, empapado, y entendí que la noche apenas empezaba.
Eran jóvenes, abiertos y querían algo distinto. Lo que no sabían es que esa noche en el hotel yo también descubriría una parte de mí que llevaba años escondiendo.
Tenía cincuenta años y veinte de matrimonio cuando acepté la invitación de un hombre al que solo conocía por el chat. Me llevó al hotel y nada quedó en su lugar.
Llegué primero al cuarto, con gorra y gafas, y me senté en el borde de la cama sin saber qué iba a hacer cuando aquel desconocido tocara la puerta.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Mi esposa quería ver cómo me cogían a mí, no al revés. Lo que descubrí esa noche en la suite del hotel todavía me obliga a hacerme preguntas que no me animo a responder.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Llevaba meses pensándolo. Esa noche, en un hotel lejos de casa, encendí la app y aceptó subir a mi habitación el primero que apareció a un metro de distancia.
Bajé al baño con los tacones en la mano y sin entender todavía lo que sería un día entero saliendo como Luna del brazo de Bruno por aquel pueblo.
Entró nervioso, casi sin mirarme, y se quitó la ropa antes de que yo terminara de buscar el canal. Tenía piercings en las tetillas y una sonrisa torcida.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Levanté la cabeza con la verga aún dentro de ella y vi a mi instructor en la puerta. Lo que pasó después no se lo he contado a nadie.
Bajo su tanga ajustada se marcaba un bulto que no pude dejar de mirar. Y él se dio cuenta. Esa tarde descubrí algo que ya no podía pretender ignorar.
Lo único que iba a hacer esa noche era cenar liviano y dormir. Hasta que él entró con la bandeja, miró mi ropa interior y soltó la frase que cambió todo.