La semana que nunca confesé del hotel de Sevilla
Tenía el turno de noche y una sola regla: no mezclarme con los huéspedes. La rompí la primera madrugada, y luego cada noche de aquella semana imposible.
Tenía el turno de noche y una sola regla: no mezclarme con los huéspedes. La rompí la primera madrugada, y luego cada noche de aquella semana imposible.
Bailaba el tango como si quisiera demostrarme algo. Cuando me deslizó el número de su habitación en la mano, supe que esa noche no iba a poder dormir.
Bajé la cerveza, me quedé quieto en la tumbona y comprendí que ella no sabía que la cortina blanca dejaba ver absolutamente todo desde mi balcón.
Siempre tomé sus comentarios como una broma de oficina, hasta la noche en que cerré la maleta, me maquillé frente al espejo y toqué a su puerta.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Me ordenó que me desnudara en el pasillo del hotel, donde cualquiera podía verme, y que volviera a llamar a la puerta solo cuando estuviera completamente desnudo.
Eran las tres de la mañana, ella se acurrucó más fuerte contra mí y mi mano encontró su piel. No había prisa, solo nosotros dos y el silencio de la ciudad dormida.
Tenía edad para ser su madre, pero él me miró como se mira a una mujer que uno quiere desnudar despacio. Y yo no hice nada por corregir el malentendido.
Llegué tarde al hotel, hambriento y harto de carretera. No imaginaba que esa noche terminaría en la habitación 205, repartiéndome a la camarera con mi compañero.
Tenía casi el doble de mi edad y una sonrisa que prometía problemas. Me dijo que iba a comprobar si tenía hambre de verdad o solo estaba aburrido, y ya estaba perdido.
Diez minutos antes de las seis guardé los papeles, retoqué mi lápiz labial rojo y conduje hasta el motel donde él me esperaba con una orden muy precisa de mi marido.
Me había arreglado mil veces frente al espejo de mi cuarto, pero esa noche, por primera vez, no era para mí sola. Alguien me estaba esperando del otro lado de la puerta.
Mientras ellas se iban de compras, nosotros nos quedamos solos con una cerveza, un móvil lleno de fotos y demasiada curiosidad por lo que el otro escondía.
Lo vi observándome en el gimnasio del hotel y supe que aquel hombre, mayor y casado, no pararía hasta tenerme. Lo que no esperaba era cuánto deseaba yo que lo lograra.
Mientras tú dormías la borrachera en la habitación, yo bajaba descalza por el pasillo del hotel para descubrir en sus brazos lo que tú ya no podías darme.
Lo nuestro ya había terminado, pero esa noche de verano descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de sentirlo otra vez dentro de mí.
Me depilé entera, me puse la peluca rubia y crucé la provincia con la mochila llena de ilusiones. Lo que no llevaba era el corazón blindado, y ese fue mi error.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Llevaba años imaginándolo, pero seguía siendo virgen de atrás. Aquella tarde de diciembre, en la habitación de un motel, por fin dejé que cruzara esa última frontera.