Sorprendí a mi mujer con el socorrista de la piscina
Vi a mi mujer entrar al cuarto del socorrista con la cabeza baja y la toalla pegada al cuerpo. La puerta quedó entreabierta. No supe si irme, gritar o quedarme a mirar.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Vi a mi mujer entrar al cuarto del socorrista con la cabeza baja y la toalla pegada al cuerpo. La puerta quedó entreabierta. No supe si irme, gritar o quedarme a mirar.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.
Bastó un comentario anónimo y una respuesta privada para que la autora del relato y su lectora terminaran besándose entre las Torres de Serranos.
Cuando Sofía entró al salón y encontró al prestamista atado y a su marido con la escopeta en la mano, supo que su mentira había llegado al final.
Cuando Inés apartó la cortina de la tienda, su novia ya estaba encima de otra chica, jadeando todavía por un orgasmo que no era suyo.
Su marido la engañó y ella se prometió desquitarse. No imaginé que el almacén del gimnasio sería el escenario, ni que yo sería el elegido.
Lorena se quitó el pareo frente a todos y me eligió a mí para contar los treinta segundos. Mientras tanto, mi mujer dormía en la cabaña sin sospechar nada.
Discutieron por una pizza de mierda. Él se metió en la ducha. Cuando el repartidor tocó el timbre, ella ya había decidido cobrarle la pelea de la peor manera.
Salí a despejarme un sábado por la tarde. Cuando levanté la vista del café, ella ya estaba sentada frente a mí, sonriendo como si me conociera de toda la vida.
Cuando vi la talla real del hombre que iba a tomar a mi novia esa noche, dejé el móvil en el trípode y aprendí lo que era ser el novio que mira, graba y obedece.
Cuando tocaron el timbre yo estaba en tanga frente al monitor, con dos dedos dentro, y la deuda del alquiler creciendo. Abrí sin pensar.
Pensé que ya sabía lo que era el placer hasta que esa noche, descalza sobre la arena, una mano desconocida me apartó el pelo de la nuca.
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.
Mientras la lluvia golpeaba los cristales, el amigo de mi esposa bebía mi vodka y me hacía las preguntas exactas para que yo soltara todo lo que callaba.
Sonó el timbre por cuarta vez esa tarde y al abrir lo vi a él, sin uniforme, sin coartada, mirándome como si llevara semanas planeando justo ese momento.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito y supe, por el reflejo del espejo, que él estaba mirándome. Ese día acepté los quinientos soles y todo lo que vino después.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Me dije a mí misma que solo era curiosidad. Subí cuatro fotos, puse mi nombre falso y esperé a ver si todavía me miraban. Esa misma semana apareció Matías.
La cámara queda grabando sobre la cómoda. Yo salgo con los niños a comprar caramelos y mi compadre se queda solo en mi cama con mi esposa.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.