Volví un día antes y la encontré en nuestra cama
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
Hace dos meses empecé con una chica que me quiere de verdad. Y aun así, en cuanto cierra la puerta, abro la página de contactos y busco lo que ella nunca podrá darme.
A las tres de la mañana escuché unos gemidos en el patio interior. Eran de ella. Y no era yo quien la hacía gemir así.
Eran las seis de la mañana y el bar estaba vacío. Él me sirvió un tequila, me miró como llevaba mirándome toda la noche y me dijo que no me dejaría irme tan rápido.
La vieja vecina me regaló la foto de la traición antes de despedirme. Yo solo pensaba en la puerta de Sofía y en si me dejaría volver a su casa.
Acepté el reto sabiendo que ella jamás imaginaría lo que yo iba a pedir cuando llegara el momento de cobrarme la promesa.
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
Subimos las escaleras herrumbradas y oímos los gemidos detrás de la cortina. No podía dejar de mirar, ni de sentir a mi mejor amigo pegado al hombro.
Empezamos con stickers tontos al final del turno. Después vino el apodo. Después la fantasía. Esa noche me escribió que mi casa le quedaba más cerca y no supe decir que no.
Bajé tarde a por dos tostadas y un café. No imaginé que el desconocido de la mesa de al lado iba a apoyar la mano en mi muslo antes que la tostadora soltara la primera.
Cuando llegué al restaurante con mi vestido negro y mi conjunto de encaje debajo, ya sabía que no iba a salir de ahí siendo la esposa fiel que pretendía ser.
El bikini empapado me rozaba el clítoris a cada paso. Mi novio hablaba de pizza mientras yo cruzaba miradas con cada desconocido que pasaba.
Soy casada. Soy hetero. Eso era yo cuando entré al baño del centro comercial. Lo que era quince minutos después, ya no estoy tan segura.
Llevaba un vestido que jamás se habría puesto con mi hijo delante, y a la segunda copa me dijo que para el sexo prefería a los hombres maduros.
Desde mi silla de ruedas vi a mi esposa salir del auto del brazo de mi jefe. Y supe, sin saber cómo, que esa noche yo iba a sobrar en mi propio matrimonio.
Mientras yo me llevaba a su marido a la caseta del fondo, ella ya espiaba al peón desde la ventana. Cada minuto de ese fin de semana estaba planeado.
Tres margaritas, el patio lleno de invitados y la mano de Mateo deslizándose bajo mi falda antes de doblar la primera esquina. Nadie en casa sospechaba nada.
Camille entró al despacho con dos cafés y la puerta del pasillo ya estaba cerrada con llave. Esa noche Elena descubrió cuánta libertad le había dado a su marido.
Cuando subí a saludarlo no sabía que aún olía a él, que su cama deshecha bastaría para que olvidara a mi pareja y al sentido común.
Andrés escogió a tres candidatos para nuestro primer trío y yo elegí al más alto. Lo que no me dijo fue que había filtrado solo a hombres con pollas enormes.