Lo que hicimos en la trastienda del local
Entre cajas y con la puerta apenas cerrada, ella se mordió el labio para no gritar mientras la sostenía pegada a mi pecho. Nadie debía oírnos.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Entre cajas y con la puerta apenas cerrada, ella se mordió el labio para no gritar mientras la sostenía pegada a mi pecho. Nadie debía oírnos.
A los cuarenta y ocho años, en un bar de Miami, mi mejor amiga me tomó del cuello y me besó. Fue mi primera vez con una mujer y supe que ya no podría volver atrás.
Cuando vi a Lucía aparecer en aquel diminuto bikini fucsia, supe que la mujer recatada con la que llevaba años casado había desaparecido antes de empezar.
Ignoré el aviso de no aparecer por la oficina y aparecí igualmente. Lo que descubrí desde el conducto del aire me hizo dejar de verla como una santa.
Acepté quedarme a dormir en casa de mi padrastro pensando que sería una visita más, pero esa noche me llevó hasta su cuarto y me obligó a mirar.
Eran las once de la mañana y la cala estaba vacía, salvo por un chico que fingía no mirarme. Mi marido nadaba y yo notaba sus ojos clavados en cada centímetro de mi piel.
Me sirvió la cena, el postre y el coñac. A las once volvió del cuarto con una lencería gris. A esa altura, su promesa de llegar virgen al altar ya tenía un detalle pendiente.
Cuando me dijo que se parecía a la cantante del mostrador al disfrazarse, su madre sonrió y yo entendí que aquello no iba a quedarse en una broma.
La Polaroid colgaba de mi cuello cuando ella apareció bajo el umbral, descalza y sonriendo, custodiada por dos hombres que yo no conocía de nada.
Tenía veintiún años y era la hija de la pareja de mi mejor amiga. Yo le enseñaba ecuaciones; ella me enseñaba a no preguntar dónde había estado las noches que no aparecía.
Llevaba catorce años con mi marido y jamás le había mentido. Hasta que el cliente del que más le hablaba en la cama llamó al timbre de mi casa.
Cuando Diego cerró la puerta de la furgoneta y desapareció hacia las luces del supermercado, supe que tenía media hora para hacer todo lo que llevaba meses imaginando.
Cuando abrí la puerta y los vi a los tres en el rellano con los overoles azules, supe que algo se iba a romper esa tarde, y no era solo la lavadora.
Abrí la puerta y el aire de mi casa cambió de temperatura. Daniela me había advertido por teléfono: «Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no».
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.
A las doce de la noche, vestida con su minifalda más corta y la camisa blanca sin sostén, Carolina cruzó el jardín hacia el contenedor de los albañiles.
Cuando la vi cruzar las llegadas del aeropuerto supe que aquella huésped no era ninguna niña. Lo que no imaginé es que acabaríamos desnudas bajo la misma ducha.
Me arreglé como nunca para verlo: minifalda, tacones, peluca. Lo que no esperaba era que su hermana apareciera y adivinara, de una sola mirada, todo lo que callábamos.
Volví por segunda vez al antro buscando placer y un chico nuevo me eligió. Lo que prometía ser una clase fácil terminó marcándome de una forma que no esperaba.
Acepté bailar para una despedida de soltero porque necesitaba el dinero. Lo que no esperaba era que cuatro chicos me ofrecieran el doble por algo más.