Subió a la cima con la novia de su amigo
Cuando ella aceleró el paso por la senda y lo alcanzó con una sonrisa demasiado amplia para esa hora, Mateo supo que el amanecer no iba a ser lo único que vería en la cima.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Cuando ella aceleró el paso por la senda y lo alcanzó con una sonrisa demasiado amplia para esa hora, Mateo supo que el amanecer no iba a ser lo único que vería en la cima.
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.
La conocí mucho antes que a su hermana, mi esposa. Diez años después de aquel hotel, la vi salir del agua en la playa y supe que la historia no había terminado.
Trabajaba en la biblioteca de un colegio cuando ella apareció esa tarde de miércoles. Bastaron diez minutos para entender que no había venido a leer libros.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
Después de meses de miradas y roces fingidos en la escaladora, ese día mi hijo no fue al gimnasio. Y él me preguntó, sin medias tintas, si quería irme con él.
La cámara del directo grabó cada palabra cuando confesó cómo terminó desnuda en la barra del hotel con un completo desconocido al que jamás debió mirar.
Cuando metí la mano bajo su falda, sentí algo pegajoso entre sus muslos. No era flujo. Ella bajó la mirada y supe que el jefe se le había adelantado esa tarde.
Cuando bajó al garaje con la excusa de un destornillador, Carolina ya sabía que no iba a subir igual. Hugo apagó el cigarro y la miró como nadie la miraba desde hacía años.
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Llegó pasada la una, con esa mirada perdida que tienen los hombres recién soltados. Yo lo recibí descalza, sin nada debajo del buzo, fingiendo solidaridad.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
Cuando golpearon la puerta para avisar que se acababan los diez minutos, yo ya estaba boca abajo en la cama del artista, temblando, con su cuerpo apoyado contra el mío.
La voz de Diego en el audio sonaba derrotada. Cuando escuché el nombre de ella, supe que llevaba meses engañándome desde su oficina.
Siempre noté cómo me miraba en aquella reunión, aunque su novia estaba al lado. Cuando ella desapareció de nuestras vidas, supe que tarde o temprano él iba a caer.
Cuando la cuarta acompañante entró al salón con vestido rojo, la bandeja de tragos se me resbaló de las manos. Era mi esposa.
El número no estaba en mi agenda, pero las dos primeras frases me obligaron a leer hasta el final. Lo que vino después cambió todo lo que recordaba del sábado.
Acepté la invitación al café convencida de que solo hablaríamos. Lo que no esperaba era que Mariana me ofreciera a su marido como prueba de que sí sabía dar placer.
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
Cuando bajé al jardín a fumar, él ya estaba ahí esperando. Sabía que tarde o temprano íbamos a quedarnos solos. Y yo también lo sabía.