Cuando mi hijastra casada llamó a mi puerta
Llevaba años sin verla, casada y muy lejos. La tarde en que llamó al timbre de mi cuarto de hotel supe que no iba a poder negarle nada.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Llevaba años sin verla, casada y muy lejos. La tarde en que llamó al timbre de mi cuarto de hotel supe que no iba a poder negarle nada.
Mis faros iluminaron un instante el capó de aquel coche y lo que vi ahí me obligó a dar la vuelta en la rotonda siguiente y volver.
Lo vi por primera vez en un concierto y supe que era problema. Era el novio de mi hermanastro, así que enterré las ganas. Dos años aguanté, hasta ese viernes.
Aquella tarde de calor cambió todo entre nosotras: ella me miraba la cola junto a la pileta y, dos días después, abrió la puerta vestida solo con una bombacha negra.
Bajé del coche convencida de que la casa estaba vacía. Entonces escuché los gemidos venir del piso de arriba y encendí la cámara del cuarto.
Subí a buscarlo y encontré la puerta de mi cuarto entornada. Por la rendija escuché la respiración de Camila y entendí que él no había vuelto al partido por nada.
Llevo casi un año en el oficio y aprendí a leer a un hombre en dos minutos. Aquel jueves cité a un casado de cuarenta y un años en una cafetería de Barcelona.
La llamé al teléfono mientras la veía a través del vidrio, agachada entre las piernas del hombre que acababa de sacar a mi sobrino de la celda.
Esa noche, mientras dejaba las bolsas en la entrada, escuché cinco voces hablando del pacto que habían armado conmigo de protagonista, y algo se prendió fuego dentro de mí.
Bajé del coche, levanté el capó y, sin cobertura, solo me quedaba esperar. Cuando vi acercarse el camión, supe que esa tarde no terminaría como debía.
Me senté frente a él, le tomé las manos y empecé a hablar. Sabía que cada palabra me ataba más a él, aunque doliera como una caricia mal puesta.
Necesitaba sacarme a la hija de mi novia de la cabeza. Lo único que tenía a mano era un frasco vacío, una excusa estúpida y la puerta del loft del roof garden.
En la escalera mecánica me pilló mirándole las piernas. En vez de molestarse, me dedicó una sonrisa burlona que iba a cambiar todo lo que pasó después.
Me puse minifalda y tacones ese jueves que tenía la casa para mí sola. Solo iba a coquetear un rato. Eso me dije mientras él cerraba la puerta del cuarto de cámaras detrás de nosotros.
El coche de Roberto dobló la esquina y Valeria ya tenía el teléfono en la mano. Solo necesitaba escribir cuatro palabras para que Diego viniera corriendo.
Rodrigo me seguía con la mirada cada vez que cruzaba el salón. Lo sabía desde hacía meses, y esa tarde decidí que era hora de cobrar una deuda.
Cuando me mandó la foto desde el probador con la lencería puesta, la cerré sin contestar. Ella lo vio. Eso fue lo que empezó todo.
Mi marido disfrutaba que los hombres me devoraran con la mirada. Esa noche, dos de ellos hicieron mucho más que mirar.
La primera noche solo me tocó. La segunda se montó encima sin que yo dijera una palabra. Su marido roncaba a un metro. Elena, casada y madura, me eligió a mí.
Iba vestida para una fiesta y él llevaba años esperando esa oportunidad. Cuando abrí la puerta, el compadre de mi esposo entró detrás y cerró con llave.