La cantante me sacó del público con esposas rosas
Cuando me señaló entre la marea de gente, supe que esa noche iba a romper algo que llevaba años intentando mantener intacto.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Cuando me señaló entre la marea de gente, supe que esa noche iba a romper algo que llevaba años intentando mantener intacto.
Llevaba semanas sin noticias suyas desde que descubrió lo que pasó entre mi madrastra y yo. Cuando cruzó la puerta esa tarde, traía una maleta y una mirada indescifrable.
Mi novio le decía «Bigotín» al electricista que arreglaba el cableado. Esa tarde, cuando todos salieron, fui yo la que le pidió perdón en el living.
Eran las siete de la mañana, acababa de romper con mi novia por mensaje y la vecina seguía boca abajo en mi cama. No pensaba desperdiciar la mañana.
Cuando levanté la mirada del sofá, Bruno y Damián estaban frente a mí con las pollas fuera. No alcancé a llegar a la puerta.
Mateo me hizo un gesto con la cabeza y subió las escaleras. Yo lo seguí sin pensarlo, sabiendo que su novia era mi mejor amiga y que ya nada podía detenernos.
Llegué al concierto esperando que él me llevara a la cama. No se me cruzó que sería su novia quien me arrastraría al baño después de la tercera canción.
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
Cuando ella se acercó con un cigarro en la mano y los tatuajes brillando bajo el sol, supe que iba a contestar a sus mensajes aunque mi marido durmiera a mi lado esa noche.
Nunca había escrito algo así. Pero esa madrugada, después de soñar con él, le confesé por mensaje cada cosa que su cuerpo le había hecho al mío.
Cuando los vi salir juntos del ascensor supe que aquella tarde iba a ser muy distinta a todas las que había tenido con él.
Cuando me alejaba sola por la orilla, sentí su mirada fija en mí desde el bar. Y supe que esa semana aún no se había terminado del todo.
Cuando bajó del auto rumbo al motel con otro, supe que esa noche dejaría de ser solo mía. Lo que no esperaba era que me pidiera pagar la habitación desde el celular.
Vi a mi mujer entrar al cuarto del socorrista con la cabeza baja y la toalla pegada al cuerpo. La puerta quedó entreabierta. No supe si irme, gritar o quedarme a mirar.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.
Bastó un comentario anónimo y una respuesta privada para que la autora del relato y su lectora terminaran besándose entre las Torres de Serranos.
Cuando Sofía entró al salón y encontró al prestamista atado y a su marido con la escopeta en la mano, supo que su mentira había llegado al final.
Cuando Inés apartó la cortina de la tienda, su novia ya estaba encima de otra chica, jadeando todavía por un orgasmo que no era suyo.
Su marido la engañó y ella se prometió desquitarse. No imaginé que el almacén del gimnasio sería el escenario, ni que yo sería el elegido.
Lorena se quitó el pareo frente a todos y me eligió a mí para contar los treinta segundos. Mientras tanto, mi mujer dormía en la cabaña sin sospechar nada.