La despedida de soltero que me hizo traicionarlo
Acepté bailar para una despedida de soltero porque necesitaba el dinero. Lo que no esperaba era que cuatro chicos me ofrecieran el doble por algo más.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Acepté bailar para una despedida de soltero porque necesitaba el dinero. Lo que no esperaba era que cuatro chicos me ofrecieran el doble por algo más.
Sonó el teléfono justo cuando él entraba por la puerta. Era mi novio. No podía colgar. Y mi ex no pensaba esperar a que terminara la llamada.
Reservé el jacuzzi, las velas y la lencería. Ella creía que íbamos a Venecia, pero acabamos en una casa rural perdida en la sierra, y nada fue como imaginó.
Mi novio me presentó como su amiga ante toda su familia. Su tío lo notó y me deslizó un papel con su número y una palabra escrita: «después».
Trece años casada, una hija y un cuerpo que apenas reconocía. No esperaba que la mirada de un pibe entre las mancuernas me empujara a dar el primer paso.
Crucé el patio entre los camiones y me oculté en el pasillo del primer piso. Lo que vi a través del cristal esmerilado me cambió para siempre lo que sentía por ella.
Diego siempre me ponía cachondo y yo lo evitaba por mi novio. Hasta que esa tarde me llevó a la sauna del gimnasio y entendí que no iba a poder seguir mintiéndome.
Aquella tarde en la playa solo quería desconectar. Cuando la mujer rubia del bikini se acercó a pedirme fuego, supe que mis planes de soledad acababan de cambiar.
Creí que era una cita a escondidas con la prima de mi novia. Lo que no sabía era que el teléfono al lado de la cama estaba transmitiendo todo en vivo.
Abrí la puerta sin hacer ruido. Tres hombres dormidos en el mismo cuarto y ella en bragas rojas, sobre la cama, con una camisa que no era mía.
El plan era cumplir mi fantasía. Cuando vi al desconocido subir a mi cama y a mi novia rendirse a él como nunca conmigo, entendí que el cornudo iba a ser yo.
Subió a la camioneta diciendo que no podía abrocharse el cinturón. Cuando me incliné a ayudarla, su mano fue a otro lado y todo cambió de rumbo.
Mi amigo bebió el último trago, me miró desde el sillón y empezó a contarme por qué había abandonado a su esposa una mañana de junio sin previo aviso.
Salí de la reunión de padres a las siete y media y a las ocho ya estaba desnudándome para él. Lo que no sabía es que aún quedaba mucha mañana por delante.
Cuando le pedí a mi ex un favor, pensó que quería sexo. Lo que le pedí fue mucho peor: ayudarme a destrozar el matrimonio de mi mejor amiga.
Llevaba meses cruzándola por la mañana, cada uno con su pareja en casa. Esa mañana llovía a cántaros, ella salió sola, y la mirada que me devolvió lo cambió todo.
Buscamos el rincón menos iluminado del parque y allí, sobre la madera fría del banco, las dudas sobre su novio empezaron a desvanecerse.
Salí dando un portazo, con la cara cubierta de lágrimas y el corazón hirviendo. No pensé que un desconocido en una cabaña podría enseñarme tanto en una sola tarde.
El fin de semana de pesca se canceló. Volví a la cama justo cuando escuché unos gemidos del otro lado del pasillo y todo lo que creía saber sobre mi hermana se derrumbó.
La vi salir del coche para sacudirse las migas de la falda y, sin saberlo, supe en ese instante que aún nos quedaban muchos kilómetros y muy pocas excusas.