El patio de mi departamento tenía demasiadas ventanas
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
Las amigas de mi hermana llamaban a mi puerta con cualquier excusa. Lo que jamás imaginé es quién terminaría delante de ella a las tres de la madrugada.
Nos había pillado a las dos juntas hacía apenas unos días. Cuando volví a tocar el timbre de su casa, no imaginaba que su hija ya lo tenía todo planeado para esa noche.
Tenía veintiún años y nunca había mirado a otro hombre así. Aquella tarde, en el chalet de Joaquín, descubrí que el deseo no avisa antes de aparecer.
Mi marido seguía de viaje cuando le levanté el castigo a mi hijastra. No imaginaba que esa decisión me llevaría a mi dormitorio con dos chicas y una sed nueva.
Cuando mi padre se fue a los proveedores, bajé al obrador con la excusa de echar una mano. No imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Necesitaba compañía. Sin pensarlo, le pregunté si quería meterse conmigo. Lo que vino después cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis amigos.
Tres días en la playa, cinco amigas y un celular que nunca se apagó. Yo creía estar entre risas inocentes; otros lo veían como un espectáculo.
Bajó a la orilla esperando solo el rumor de las olas, pero unos ojos la siguieron desde la fogata y supo que esa noche no dormiría sola.
Cuando la vi entrar al consultorio supe que esa sesión no iba a ser como las demás. Y cuando le ofrecí cambiarse al baño, ya sabía qué traje le iba a dar.
Eran las dos de la mañana, estaba aburrida y caliente, y bajé al lobby del juego sin esperar nada. Entonces vi su avatar inclinarse hacia el mío.
Frente al espejo ya no era el chico tímido de la facultad: era ella, con el corpiño de encaje y los tacos rojos. Entonces sonaron tres golpes en la puerta.
Cuando se acercó para mirar mi vestido azul, sentí su aliento en el cuello y, por un segundo eterno, no supe si lo que quería era apartarme o dejar que sus labios encontraran los míos.
Bajé la cremallera de la falda sin saber que él me observaba desde la ventana de enfrente. Lo que empezó como vergüenza se transformó en juego.
Llevaba dos años deseándolo en silencio. Esa madrugada, después de la graduación, sus manos se deslizaron hasta mi cintura y supe que ya no había vuelta atrás.
Le había puesto una sola condición para llevarla al viaje: que esa noche, en el hotel, dejara de ser virgen. Camila se sentó, se quedó muda y al final asintió.
Las dos sabíamos que la otra era bisexual, pero nunca habíamos hecho nada al respecto. Esa tarde, una cerveza y un juego viejo lo cambiaron todo.
Llevaba un vestido que jamás se habría puesto con mi hijo delante, y a la segunda copa me dijo que para el sexo prefería a los hombres maduros.
A las nueve y media siempre tomaba el mismo bus. Esa noche, el chico del short deportivo se sentó a mi lado aunque había diez asientos libres, y nuestras rodillas se rozaron.
Esa mañana de septiembre vi entrar a la chica más tímida del aula. Tardé dos semanas en entender que la tímida del aula no era ella, era yo.