Mi colega de viaje aceptó probar mi juguete esa noche
Saqué el fleshlight del cajón y se lo mostré como un trofeo. Damián se rio nervioso, pero ya tenía los pants a la altura de las rodillas.
Saqué el fleshlight del cajón y se lo mostré como un trofeo. Damián se rio nervioso, pero ya tenía los pants a la altura de las rodillas.
Nunca pensé que un avatar en un videojuego me iba a devolver las ganas de desear a otra mujer, ni que ese deseo se quedaría conmigo mucho después de apagar la consola.
Bastaba que Diego girase la cabeza un instante para verlos. Aun así, Lucía bajó la cremallera del chico con esa sonrisa que siempre lo arrastraba al borde.
Trabajaba en la biblioteca de un colegio cuando ella apareció esa tarde de miércoles. Bastaron diez minutos para entender que no había venido a leer libros.
Llevaba meses fingiendo ser el amigo gay perfecto para meterse en su cama. Esa noche en la fiesta de la facultad descubrió, atado y de rodillas, lo que era ser un hombre rendido.
Llevaba años con esa parte de mí guardada en un cajón. Aquella tarde de calor, cuando Mariana sirvió la segunda copa y me sostuvo la mirada, supe que iba a sacarla.
Cuando mi madre y su amiga aparecieron sin avisar, mi novio seguía en cueros dentro del agua y yo en topless. Lo que vino después todavía me hace sonreír.
Bajé a la habitación a recoger sábanas y vi el cajón entreabierto. La foto que asomaba del sobre cambió por completo el sentido de mi verano.
Llevaba años conociendo a Esteban, pero esa tarde sofocante descubrí que su casa guardaba un secreto que iba a cambiar para siempre nuestra amistad.
Entró al café por un cruasán y salió con algo más en la bolsa: la sonrisa de la camarera y una cita a la vuelta de la esquina.
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.
Las duchas del gimnasio no tienen puertas. Esa mañana descubrí que el detalle no era un problema, sino justo lo que llevaba años buscando sin saberlo.
Entré buscando un rincón donde nadie me mirara. Levanté la vista del libro al oír su risa, y supe que esa tarde no iba a salir de allí siendo la misma.
Llegué fingiendo preocupación por su gripe. Cuando me di vuelta para irme, su voz me detuvo con una pregunta que no esperaba escuchar de ella.
Catalina salió a la terraza en camisón blanco, se sentó a mi lado sin decir palabra y esa noche dejamos de ser solo hermanos en la casa frente al mar.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.
Cuando los demás alumnos se fueron y la luz del atardecer entró por las ventanas, ella cerró la puerta con llave y me pidió que tocara para ella, solo para ella.
Cuando bajé al fin sus bóxers entendí lo que tanto lo asustaba mostrarme. Quise demostrarle que aquello que él odiaba de sí mismo era justo lo que yo no podía dejar de besar.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Llevaba un mes mirándole los pezones marcados bajo la blusa y fingiendo que pensaba en ecuaciones. Esa tarde se quejó del cuello y supe que era mi excusa.