Mi primera vez con una mujer fue a los sesenta años
Subí al tren resignada a la soledad de mi cumpleaños. Cuando ella se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo, no imaginé lo que vendría después.
Subí al tren resignada a la soledad de mi cumpleaños. Cuando ella se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo, no imaginé lo que vendría después.
Compartíamos cama porque éramos las únicas que cabíamos, hasta que a las dos de la mañana me besó sin avisar y supe que mis padres dormidos no iban a parar nada.
Cuando todos se fueron, él me miró desde el sofá y dijo que me había imaginado como una princesa toda la noche. Y yo, que nunca había estado con nadie, no supe decir que no.
Iba tarde, sudada y apretada contra otros cuerpos cuando ella se inclinó a hablarme al oído. No supe en qué momento dejé de pensar en mi reunión.
Cuatro años subiendo al ático de Adrián los jueves por la tarde. Cuatro años de partidas y porros. Hasta esa tarde en que mencionó el vestido rojo de mi madre.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.
Mi novio roncaba como tronco en la pieza del fondo cuando ella se me acercó. El acento sureño y esos ojos negros me dijeron todo antes que sus manos.
Habíamos hablado cinco meses por chat. Cuando me abrió la puerta del hotel sin maquillaje, en remera negra, supe que ninguna pantalla iba a alcanzar.
A la mitad del viaje, mirando coches que pasaban a oscuras, se me ocurrió algo que no podía hacer en ningún otro lugar del mundo. Ni allí, en realidad.
Tenía cuarenta y cuatro años, dos hijas y un divorcio reciente cuando la chica de la casa de enfrente me miró distinto y dijo lo que yo no me atrevía a pensar.
Crucé descalza el jardín de mi vecino casado con la minifalda más corta que tenía. Iba a entregarle lo que llevaba meses prometiéndole en silencio desde mi ventana.
Tenía dieciocho años, era mi primer trabajo y nunca había besado a otra chica. Hasta esa tarde de tormenta en la que ella entró chorreando agua.
Subieron al cuarto del panadero a tomar cerveza, pero el olor a sudor seco les hizo bajarse los pantalones antes de saber muy bien por qué.
Bajamos las rocas hasta esa cala oculta con dos toallas, seis cervezas y la promesa silenciosa de que esta vez no íbamos a llevar el bañador puesto.
Cuando me lo encontré en aquella playa, después de tres años sin vernos, ya no era el niño que me tiraba arena al pelo. Algo en su mirada me dijo que esto no iba a acabar bien.
Tenía veinte años, los bolsillos vacíos y una bombacha ajena guardada cuando él salió a fumar y empezó a hablar de un billete arrugado.
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.
Su publicación en la app de libros decía «busco una baby». Respondí sin pensar y, durante casi un año, aprendí a obedecer cada palabra suya por videollamada.
Cada tarde fingía cualquier excusa para entrar en su cuarto mientras se desnudaba. Lo que jamás imaginé es que aquel juego nos llevaría a su cama esa misma noche.
Cuando abrió el cajón de mi lencería y me miró la entrepierna, supe que aquella tarde de chicas no iba a terminar con la ropa puesta.