Le di clases particulares al sobrino de mi amiga
Tenía casi el doble de su edad y vino solo para una clase de Excel. Lo que pasó después en mi sillón fue mi culpa, sí, y volvería a hacerlo sin pensarlo.
Tenía casi el doble de su edad y vino solo para una clase de Excel. Lo que pasó después en mi sillón fue mi culpa, sí, y volvería a hacerlo sin pensarlo.
Estaba enamorado de Lara, pero cada vez que mis amigos me miraban de aquella forma, algo dentro de mí se rendía sin remedio.
La tienda estaba vacía a las tres de la tarde. Cuando él bajó el cierre y me llevó al probador, supe que esa siesta no iba a parecerse a ninguna otra.
Volví de meses en la Patagonia y la encontré sentada en la cocina a la una de la mañana, con una copa en la mano y esa mirada que prometía pelea.
Salí a la terraza con la bata desabrochada, sin saber que alguien me observaba desde el edificio de enfrente. Cuando lo vi, decidí no taparme.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Soy periodista y odio a los políticos. Pero esa noche Adrián me susurró algo al oído junto al taxi y, sin saberlo, firmé mi sentencia de muerte.
Llevaba años deseando esos labios en silencio. Esa noche, peleando por el mando de la consola, su boca cayó sobre la mía y todo se rompió.
El agua todavía me caía por la espalda cuando ella entró al baño sin llamar, con esa sonrisa torcida que llevaba semanas evitándome.
Había cinco asientos vacíos en el bus y aun así eligió el mío. Sonrió, se acomodó el chal sobre el regazo, y supe que algo iba a empezar antes de salir.
Cinco primos, un amigo y una sauna apartada. Aquella despedida iba a empezar en un jacuzzi con dos bocas turnándose en mi polla y terminar al amanecer.
A los veinte años mi mundo eran pañales y silencio. Hasta que mi jefe me dejó una nota con el café y empezó a mirarme como si fuera otra mujer.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Cuando el primero se acercó al coche, mi mujer ya tenía la falda subida y la blusa abierta. Lo que vino después lo vi todo desde un sillón, vaso en mano, sin respirar.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Cuando entré, él estaba en el sillón despierto, con la cobija sobre las piernas y los ojos clavados en mí. Caminé al cuarto y dejé la puerta apenas recargada.
Vi cómo el vendedor me miraba mientras atendía a mi mujer. Cuando giró la cabeza la segunda vez, supe que no íbamos a salir del centro comercial sin más.
Por el cristal de la puerta vi cómo movía el brazo despacio, recostado en la silla, y supe que mi tarde acababa de cambiar para siempre.
Quería gastarle una broma encendiendo las velas frente a la caseta. Cuando empujamos la puerta nadie reía: mi hijo estaba contra el mueble y el padre de su amigo no paraba.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.