Mi hermano me esperaba al otro lado de la puerta
La puerta había quedado entornada. Cuando me incorporé sobre la mesa, vi a mi hermano pequeño mirando desde el pasillo. No se atrevía a entrar.
La puerta había quedado entornada. Cuando me incorporé sobre la mesa, vi a mi hermano pequeño mirando desde el pasillo. No se atrevía a entrar.
A los dieciocho años creía haberlo visto todo, hasta que mi prima bajó las persianas, puso esa película y empezó a acariciarse sin quitarme los ojos de encima.
Encendí el celular, abrí apenas las cortinas y esperé a que su sombra cruzara la ventana mientras yo me quedaba desnuda frente al espejo.
Lo escuché tras la puerta entreabierta: el obrero se cogía a la secretaria en el almacén. Esa tarde volví a la oficina por algo más que documentos.
Llevábamos un día perfecto cuando vino a sentarse en mis rodillas. No imaginé que un roce, una curiosidad y un descuido mío borrarían la línea entre padre e hija.
Caí sobre Nico para inmovilizarlo, pero mi trasero terminó sobre el bulto de Iker y supe enseguida que esa tarde no íbamos a seguir jugando a luchar.
Empecé el diario porque no pasaba nada en mi vida y lo cerré porque empezó a pasar todo. Entre prácticas firmadas y un chico que sabía esperar, dejé de ser la misma.
La carpeta cayó al suelo a propósito, y yo decidí seguirles el juego. Me agaché despacio frente a esos dos viejos, con el parque entero como escenario.
Pensé que no había caída peor que aceptar que él me llevara a casa. Hasta que cerró la puerta del departamento y yo dejé el bolso en el sofá.
Cuando entró sin avisar, echó el pestillo y se colocó a mi lado frente al espejo, supe que las semanas de miradas furtivas iban a estallar al fin.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Cuando el aguacero nos dejó empapadas, ella me ordenó quitarme la ropa mojada y empezó a desnudarse sin pudor. Intenté disimular el temblor en mis manos.
Doblaba ropa en el sofá cuando él apareció con la cerveza en la mano y esa sonrisa que no debería haberle devuelto. Y aun así, no apartó la mirada.
Le dije a Mateo que parara, que mi hermana dormía a tres metros, pero él insistió en silencio. No imaginé que ella iba a abrir esa puerta justo entonces.
Cuando la vi bajar del camión con la mochila rosa al hombro, entendí que ella ya lo tenía todo decidido, y que yo solo iba a cumplir mi parte del trato.
Cuando me incliné a atarme las botas, sus ojos cayeron directo al escote. No dije nada. Le dejé mirar. Y descubrí cuánto me gustaba sentirme observada.