Seis amigos, una botella y el verano que lo cambió
Sofía tenía los labios más carnosos que había besado en mi vida. Esa tarde en la playa nudista, los seis decidimos que ya no había vuelta atrás.
Sofía tenía los labios más carnosos que había besado en mi vida. Esa tarde en la playa nudista, los seis decidimos que ya no había vuelta atrás.
Cuando entró a mi cuarto esa noche, sin nada encima, supe que no era solo por el miedo a los truenos. Mi madre lo sabía todo. Y yo lo sabía también.
El autobús iba vacío y mi novia lo sabía. Cuatro horas de noche, un chofer en la cabina y nosotros dos solos en el fondo.
Entré a su cuarto esperando lo peor y salí con la certeza de que nunca volvería a verme los pies de la misma manera.
Se metió en mi cama con el camisón subido hasta la cintura. Dijo que era para hablar. Pero cuando encontró lo que había debajo de la sábana, todo cambió.
Cuando apagó las luces del pasillo y cerró la puerta, entendí que no íbamos a hablar de mi expediente. Algo había cambiado en el despacho.
Las chicas se habían ido, la habitación estaba en silencio y Rodrigo soltó una broma que los dos sabíamos que no era del todo una broma.
La había deseado desde los veinte años. Cinco años, un matrimonio y un niño después, Elena apareció en mi puerta.
Ella llegó veinte minutos antes de la hora. Mi vecina seguía en el sofá. No tuve tiempo de nada: la puerta se abrió y todo empezó a desbordarse.
Caminé veinte cuadras con borcegos bajo el sol de mediodía para llegar con los pies exactamente como él los quería. Lo que vino después fue perfecto.
Eran un tío y su sobrino, dos bestias del gimnasio que llevaban semanas mirándome. Ese domingo, algo en el aire cambió para siempre.
Con diecinueve años y una vida entera entre colegios femeninos, aquella noche aprendí más de lo que podía imaginar.
La conocí en un trabajo grupal del primer año y desde el principio hubo algo diferente. Lo que Camila guardaba en secreto sobre sus deseos me dejó sin palabras.
Me pidió fuego y cuando le acerqué el mechero sus ojos me deslumbraron. Cinco minutos después íbamos camino a su piso y yo todavía no entendía en qué me había metido.
Éramos enemigos declarados desde los cinco años. Nadie imaginaría que la chica que me hacía sangrar la nariz sería también mi primera mujer.
Llevábamos meses juntos frente a la pantalla, cada uno en su lado. La tarde que Marcos extendió la mano hacia mí cambió todo entre nosotros para siempre.
Llevaba una semana al límite. Esa noche de sábado me puse el vestido más corto que tenía, entré sola a la discoteca y dejé que el deseo me llevara hasta el final.
La sala de profesores parecía vacía a esa hora. Empujé la puerta sin llamar y ahí estaba ella, en el sofá, completamente entregada a sí misma.
Cuando exhaló el humo directo a mi cara y sonrió, supe que aquella noche no iba a terminar bien. Ni bien ni inocente.
Adrián me ofreció llevarme a casa con mi guitarra. Debí haberle dicho que no. Pero había algo en su manera de mirarme que no me dejó responder.