Lo que hizo mi ex mientras yo no llegaba
Acostados, desnudos, todavía oliendo a lo que acabábamos de hacer, Sofía me dijo que tenía que contarme algo. Algo sobre Elena. Algo que me cambiaría la forma de verla para siempre.
Acostados, desnudos, todavía oliendo a lo que acabábamos de hacer, Sofía me dijo que tenía que contarme algo. Algo sobre Elena. Algo que me cambiaría la forma de verla para siempre.
Me abrió la puerta con una musculosa blanca sin corpiño. Llevaba una semana hablándole por chat y, por fin, estaba en su departamento, temblando.
Cuando Mariana me pidió ayuda, supe que el secreto que llevaba años escondiendo iba a salir a la luz frente a tres personas que apenas conocía.
Ella siempre dijo que mi cuerpo me delataba antes que mi voz. Esa tarde, después de cruzarme con una vieja amiga, lo iba a comprobar de la forma más cruda.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Cuando me pidió que me quitara la calza y me cubriera con la toalla, pensé que era una sesión más. Sus manos en mi aductor me demostraron lo contrario.
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
Llevaba veinte años pensando que conocía mis propios deseos. Bastaron diez minutos en el ascensor con un veinteañero nervioso para entender que no sabía nada.
Bajamos los pantalones frente a los otros cuatro y, cuando él se inclinó sobre mí, supe que esa tarde no iba a salir de aquel salón siendo el mismo.
Me desperté con su mano sobre la mía, pasándola por su pecho. Ella creía que yo seguía dormida; yo decidí, en ese instante, dejarla seguir.
Mi primo Daniel cayó frito en la hamaca. Lorenzo y yo nos quedamos solos, mirando la playa convertida en orgía. Lo que pasó después todavía me persigue en agosto.
Cuando entró desnudo en las duchas y se quedó mirándome, supe que aquella tarde no iba a terminar como cualquier otro entrenamiento.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
En las duchas del gimnasio fingí que no miraba. Pero esa noche, en su departamento, ya no había excusas para seguir disimulando lo que ambos queríamos.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.
Subo a propósito la falda un dedo más cada mañana, esperando que alguna mujer mayor me mire con esa mezcla de censura y deseo que aparece en todas mis fantasías.
Cuando giraron la botella por décima vez, ya no quedaba ropa que quitarse ni tabúes que sostener. Solo manos buscándose en la penumbra del chalet.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.