La mañana que engañé a mi marido por unas medias
Aquella mañana tres hombres distintos me vieron estirarme las medias en el muslo. Para cuando llegué al desayuno, ya sabía que iba a engañar a mi marido.
Aquella mañana tres hombres distintos me vieron estirarme las medias en el muslo. Para cuando llegué al desayuno, ya sabía que iba a engañar a mi marido.
Crucé la puerta de la suite esperando a una mujer asustada. No imaginé lo que escondía bajo aquella falda larga, ni las ganas con las que pensaba enseñármelo.
Yo le había dado permiso para que nos miraran. Lo que no esperaba era que ella misma corriera la cortina y apartara mi mano para poner la suya.
Me bañé, abrí el cesto de la ropa sucia y entendí que esa tarde no iba a salir del cuarto siendo el mismo de siempre. Lo demás lo guardé como mi secreto más íntimo.
La contraté para que me ordenara la casa. Nunca imaginé que la primera mirada que cruzamos iba a desordenarme a mí por completo.
Nadie en su círculo sospechaba lo que pasaba tras la puerta del dormitorio: cada noche el medallón oscilaba y Andrés desaparecía un poco más.
Subí a esa suite dispuesta a todo por el contrato. No imaginé que la prueba real empezaba al día siguiente, en la habitación cerrada del hijo del dueño.
Reservé el horario sin alumnos y la camiseta más ajustada que tenía. Lo que no esperaba era encontrarme a dos hombres esperándome sobre el tatami.
Al principio fue solo un juego de roles que sugirió la terapeuta. Pero cuando llegó la semana de ella, las medias y el candado de castidad dejaron de ser un juego.
Todo empezó con una paja entre colegas viendo una peli. Y cada vez que jura que no fue nada, la siguiente confesión lo desmiente un poco más.
Todavía me arde por dentro y no puedo dejar de pensar en lo que me hiciste. Te escribo esta carta porque ya no aguanto las ganas de volver a ser tuya.
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
No necesitaba a nadie esa noche. Solo el espejo, mis tacones, una botella fría y las ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Sabía que mi punto débil eran las medias de nylon. Lo que no sabía es que ella lo usaría toda la noche para tenerme exactamente donde quería.
Cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado, supo que nadie lo había mirado nunca como ella estaba a punto de mirarlo. Y él pensaba demostrarle que todos se equivocaban.
«Quiero ver algo nuevo», dijo desde el sillón. Y yo ya sabía exactamente con qué iba a sorprenderlo, aunque significara arrastrar a Vera conmigo.
El aire de la habitación se había vuelto irrespirable cuando Él nos miró y dijo que esa noche teníamos que demostrarle hasta dónde éramos capaces de llegar por su placer.
Entré al chat solo para vender lencería usada por unos billetes fáciles. Nunca imaginé que aquel hombre del pañuelo azul me haría volver al baño por mi cuenta.
Bastó deslizar el tacón fuera del talón para que dejara de mirarme a los ojos. Y yo descubrí cuánto poder cabía en la punta de un pie.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.