Mis amas diseñaron mi feminización completa
Me arrodillé en el centro del salón mientras ellas decidían, frase por frase, cómo iban a transformarme. Y yo solo podía desear que lo hicieran ya.
Me arrodillé en el centro del salón mientras ellas decidían, frase por frase, cómo iban a transformarme. Y yo solo podía desear que lo hicieran ya.
Le concedí treinta días para demostrarme que servía de algo. La primera noche no le permití tocarse: solo encender una vela, obedecer y esperar mi castigo.
Nadie sabía lo que llevaba debajo del pants gris. Hasta que una mano se posó en mi cadera y entendí que él sí lo había adivinado.
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
Cuando entré a la cabaña solo había treinta hombres de traje y una copa esperándome. Tardé poco en entender para qué me habían pagado tanto.
Llevaba su pantaleta negra debajo del pantalón ajustado, caminando por la avenida más oscura de la ciudad, esperando a que alguien se animara a frenar a mi lado.
Solo quería esperar a que parara la lluvia. No imaginé que aquella desconocida de labios rojos terminaría enseñándome lo que era desear a otra mujer.
A mis cuarenta y tantos vivía sola en una casa enorme. Hasta que el chico que limpiaba conmigo cada mañana empezó a buscarme con la mirada.
Fue mi propio marido quien eligió la lencería con la que me iba a entregar a otro hombre esa noche, y quien me llevó hasta la puerta del bar donde mi ex me esperaba.
Nunca me habían atraído las mujeres. Pero aquella mañana, sola en el probador, unas manos extrañas me sujetaron por detrás y dejé de reconocerme.
Acerqué un poco más mi cuerpo, fingiendo no entender el gráfico, y vi cómo a ella le temblaban las manos sobre los papeles.
Me maquillé, elegí el vestido negro más ajustado y bajé al restaurante sabiendo que aquella noche con la otra pareja no terminaría en la mesa.
Cada jueves ella inventaba una excusa torpe y yo fingía creerla. Sabía exactamente a dónde iba, con quién, y lo que harían durante esas tres horas robadas.
Practiqué frente al espejo durante semanas. La noche que metí el vestido en la mochila supe que ya no había vuelta atrás: esa vez sería de verdad.
Estábamos como tantas otras noches, ella entregada y yo detrás, cuando mi mirada se detuvo en ese punto que todavía no habíamos abierto.
Me dejó sus bragas sobre la mesilla como cada noche. Pero esta vez entré en su cuarto sin avisar y encontré algo que lo cambió todo entre nosotros.
Pedí una sola cosa para la última noche: bailar. Lo que pasó después, en el camarote del fondo del pasillo, no se lo conté a nadie.
Aquella mañana tres hombres distintos me vieron estirarme las medias en el muslo. Para cuando llegué al desayuno, ya sabía que iba a engañar a mi marido.
Crucé la puerta de la suite esperando a una mujer asustada. No imaginé lo que escondía bajo aquella falda larga, ni las ganas con las que pensaba enseñármelo.
Yo le había dado permiso para que nos miraran. Lo que no esperaba era que ella misma corriera la cortina y apartara mi mano para poner la suya.