Lo que escondía el kimono de mi amiga japonesa
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
Cada gesto está calculado: el roce de las medias, el tacón que cuelga de mis dedos, la sonrisa que les hace sentir culpables. Hoy me he levantado con ganas de jugar.
La puerta entreabierta dejaba escapar jadeos. Pegó el ojo a la rendija y reconoció el uniforme blanco de su mujer en el suelo. Algo en él se encendió en vez de romperse.
Abrí los ojos antes que el despertador, ya mojada, ya buscándote en una cama donde solo estaba yo. Y supe que el día entero iba a doler así.
Damián aún no llegaba y yo ya no podía esperar: me quité el camisón en mitad del salón y dejé que mis manos hicieran lo que su cuerpo todavía no podía.
Su madre tenía esa costumbre de acomodarse el tanga mientras caminaba, aunque supiera que yo la miraba. Esa tarde, su habitación vacía fue una tentación que no supe resistir.
Podía haberme cambiado en treinta segundos. En vez de eso caminé hacia la puerta con los tacones marcando cada paso, sabiendo perfectamente lo que él iba a ver.
Lo que vio por aquel agujero en la pared lo cambió todo. Días después, era él quien estaba desnudo sobre la camilla, suplicando que ella no se riera.
El vestido rojo, los tacones y la jaula fría bajo la falda: Selena le había advertido que esa noche no saldría como hombre, sino como lo que ella decidiera.
Me contrataron para servir copas con minifalda y medias. No imaginé que la invitada más elegante de la noche terminaría llevándome al rincón más oscuro del jardín.
Puse el collar en mi cuello, cerré el candado y lancé la llave lejos. Ya no había vuelta atrás: era suya, y esa noche lo descubriría todo.
Abrí la puerta vestida de novia, maquillada como una zorra, lista para mi cita a ciegas. Quien entró no era un desconocido: era mi propio hijo.
Me arrodillé en el confesionario, pegué los labios a la rejilla y le susurré que venía a confesar un deseo con nombre, sotana y una cruz en el pecho.
Llevaba tres días sola en casa y la calentura no me dejaba dormir. Eran las cinco de la mañana cuando me puse la falda más corta sobre las medias de red y salí a la calle vacía.
Su mujer me llamó «la amante» durante años. Pero yo nunca lo fui. Fui su trabajadora sexual, y esta es la verdad que ella nunca quiso escuchar.
Le pedí a Damián que me acompañara y se quedara en la sala de espera. El doctor lo invitó a pasar. Yo no dije nada. Ese silencio lo cambió todo.
Llevaba años vistiéndome a escondidas, pero esa noche me puse las botas, las medias de rejilla y el vestido de terciopelo, y crucé la puerta siendo ella.
Cuando tropezó en el andén y se le bajó el pantalón, vi el encaje rojo ceñido a su piel. Duró dos segundos, pero no pude pensar en otra cosa el resto del día.
Me prometieron que sería solo una reunión de trabajo. A las cinco de la tarde ya me estaba cambiando de ropa para algo que no tenía nada de profesional.
El vendedor se sonrojó al cobrarme. Yo ya sabía que esa noche, por fin, no iba a terminar con la mano y las ganas a medias.