La vecina de abajo me convirtió en la mujer que era
La primera vez que me llamó Lucía sentí que algo se rompía dentro de mí. Y no quería volver atrás. Quería que ella terminara de moldearme entera.
La primera vez que me llamó Lucía sentí que algo se rompía dentro de mí. Y no quería volver atrás. Quería que ella terminara de moldearme entera.
Sabía que me observaba demasiado tiempo, que intentaba disimular. Y, como siempre, decidí que no iba a dejarlo pasar.
Cuando le escribí «hacé lo tuyo», ella supo exactamente qué hacer con el desconocido que golpearía la puerta a las seis y media de la tarde.
Nunca había usado una tanga, pero esa tarde decidí estrenarla en el rincón más concurrido del mercado, justo donde nadie podía dejar de mirarme.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.
Se quedó en el ala ejecutiva porque sabía que ella seguiría allí, repasando cifras. Lo que vino después no figuraba en ningún informe de la empresa.
Nunca había hecho algo así, pero esa noche el escote, la música y dos miradas insistentes me empujaron a cruzar una línea de la que no quise volver.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
El camión quedó varado en la fábrica hasta el día siguiente, y aquella tarde de cervezas terminó destapando lo que ninguno de los dos había contado jamás.
Me quité los tacones para cruzar el patio sin hacer ruido, y al llegar a la esquina mi corazón latía tan fuerte que pensé que él lo escucharía antes de verme.
Su mano subió por mi muslo y se metió bajo mi ropa interior. Esperaba encontrar lo que tantas veces había imaginado, pero lo que toqué me dejó sin aliento.
Siempre fui un hombre de fútbol y conquistas, hasta que la primera tanga rozó mi piel depilada y entendí que ya no había vuelta atrás.
Llevaba años imaginándola con otro hombre, pero verla obedecer a un desconocido en mi propio sofá fue una cosa para la que no estaba preparado.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
Regresé a casa de mis padres con la maleta llena de ropa de chico y el cuerpo cambiando bajo las hormonas. No imaginé que mi primo notaría todo.
Cada domingo, cuando ella salía, yo abría su armario y me convertía en otra persona frente al espejo. Aquella tarde olvidó las llaves y volvió antes de tiempo.
Cuando bajó por otro batido, la persona que le devolvió el espejo ya no se llamaba como él. Y, por primera vez, le gustó lo que vio.
Me dijo que llegaría tarde, pero al abrir la puerta del baño la luz de las velas me reveló su engaño favorito: estaba desnuda esperándome.
Cuatro hombres, un sobre grueso sobre la mesa y yo decidiendo a cuál llamaba primero. Mi regla siempre fue la misma: yo elijo, yo marco el ritmo y yo me voy cuando se me da la gana.
Estaba recién duchada, con un short que apenas me tapaba, cuando él entró cargando un saco al hombro y me miró como si ya supiera lo que yo quería.