Vestida y atada en la camilla de la clínica
Cuando el arnés empezó a separarme las piernas en el aire, supe que ya no había vuelta atrás: esa noche iba a obedecer cada orden sin pensar.
Cuando el arnés empezó a separarme las piernas en el aire, supe que ya no había vuelta atrás: esa noche iba a obedecer cada orden sin pensar.
Frente al espejo dejaba de ser Sebastián. Me ponía sus medias, su falda, su perfume, y me convertía en la mujer que nadie sabía que llevaba dentro.
Tres meses después de aquella primera charla en el sofá, le acomodé el vestido, le aparté el tanga con dos dedos y la mandé sola al hotel sabiendo que volvería marcada.
Soy un hombre común, pero cuando me pongo la falda y las medias de rejilla me convierto en otra persona. Esa noche, dos extraños descubrieron quién era Valeria.
Le dije a mis padres que pasaría el día con una amiga. En realidad iba a casa de Renata, donde me esperaban una peluca, una jaula rosa y un hombre que sabía qué quería de mí.
Bajo el chándal solo llevaba medias de rejilla y un tanga de encaje. No buscaba un portal cualquiera: buscaba el lugar donde iban a tratarme como a un objeto.
Me arreglé como una quinceañera en su primera cita, aunque sabía que esa tarde tenía que ser la última. Mi marido nunca debía enterarse de lo que ese hombre me hacía sentir.
A las nueve llegó con su bolso y un par de excusas. A las nueve y cuarto yo ya estaba en el baño cambiándome por algo que no dejaba nada a la imaginación.
El vestido me abrazaba el cuerpo, las medias me rozaban a cada paso y, cuando aquel hombre me tendió la mano para bailar, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma.
Cuando todos se fueron, él me miró desde el sofá y dijo que me había imaginado como una princesa toda la noche. Y yo, que nunca había estado con nadie, no supe decir que no.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.
Pensé que había perdido la bolsa con mis fotos más íntimas. Cuando el doctor me escribió esa noche, supe que él ya había visto exactamente quién soy.
Crucé la sala para beber un vaso de agua sin recordar que las cortinas seguían abiertas. Al otro lado del cristal, sus ojos ya me habían encontrado.
Entré buscando ropa interior para complacer a otro hombre y salí descubriendo que las manos de una mujer pueden hacer temblar lo que nunca había temblado conmigo misma.
Primero fue la pulsera. Luego la ropa ajustada, las medias, la depilación. No supe en qué momento dejé de ser Daniel para convertirme en lo que él quería.
Me miré al espejo con la peluca puesta y el vestido translúcido, y supe que esa noche iba a dejar que un extraño hiciera conmigo todo lo que llevaba semanas imaginando.
Estaba aburrido y caliente una tarde de mayo. Abrí la app, filtré por chicas trans y, media hora después, llamaba a la puerta de su habitación.
Guardé su número como «S.1». Dos días para arrepentirme y ni una sola vez quise hacerlo: quería que me usaran otra vez, peor que la primera.
Subí las fotos bajo otro nombre, segura de que nadie en esa residencia sabría que era yo. Media hora después, alguien golpeó mi puerta y dijo el nombre falso.
Me arreglé como una diosa, cociné para él y dejé que me mirara toda la semana. El viernes bajé en lencería, dispuesta a que lo descubriera todo.