La travesti del hotel que pidió ir despacio
—No te apures —murmuró ella contra la pared—. Quiero sentir cada cosa que hagas, despacio, hasta que la noche entera se nos haga corta.
—No te apures —murmuró ella contra la pared—. Quiero sentir cada cosa que hagas, despacio, hasta que la noche entera se nos haga corta.
Crucé la puerta de aquel apartamento con mi morral lleno de lencería y salí convertida en otra cosa: en la perrita obediente de dos hombres.
Lo invitamos pensando que se rajaría al vernos en vivo. No contábamos con que ese chico bajito, casi de nuestra edad, tomara el control desde que cruzó la puerta.
Entró con su uniforme blanco y su sonrisa de siempre. Lo que ninguno de los dos vio venir fue que la otra mujer estaba sentada en el sofá, a tres metros del juego.
Cuando me dio las llaves de su apartamento y se fue a trabajar, ya sabía que esa noche íbamos a estrenar mucho más que la copa de vino que traje en la maleta.
Nunca le conté de mis gustos. Bastó una notificación de WhatsApp en su sillón para que aquella noche en su casa lo cambiara todo entre nosotros.
Cuando entró por la puerta del salón, supe que aquella sesión iba a romper algo dentro de mí. Y no estaba equivocada.
Aquella mujer me miró de arriba abajo, sonrió y dijo la frase que cambiaría mi vida: con un poco de maquillaje, podías pasar por toda una nena.
Sentía la boca y el cuerpo listos, el corazón golpeándome el pecho. Solo faltaba que él cruzara la puerta y me mirara como yo necesitaba que me mirara.
Me vistió igual que ella: corsé negro, medias de red y la misma peluca. Esa noche íbamos a trabajar juntas por primera vez, y yo no sabía hasta dónde llegaría.
Llevaba meses viéndola pasar al fondo con otra masajista. Esa tarde, justo cuando el reloj marcó las seis y media, su nombre apareció en mi agenda por primera vez.
Llevaba toda la mañana en albornoz, frente al ordenador, hasta que algo se movió tras la ventana del bloque de enfrente y supe que ese día iba a ser distinto.
Bajé las escaleras con el vestido que mamá había usado en sus últimas vacaciones. Cuando mi padre levantó la vista, supe que algo en él se había roto para siempre.
Subí al tercer piso con mis medias de red y mis tacones blancos, entreabrí la puerta y esperé a que el sonido de mis pasos despertara el hambre de los hombres del pasillo.
Llevaba años vistiéndome a escondidas con la ropa de mi hermana. La noche que él me esperó en aquel hotel, dejé de fingir y me convertí en quien siempre fui.
Acepté la invitación con la lencería guardada en la cartera. No imaginé que la cámara no iba a existir, y que el plan real era yo.
Cerró la puerta del baño, se miró en el espejo con la blusa corta y el encaje húmedo, y supo que esa noche no habría forma de volver atrás.
Llevaba semanas usando lencería bajo la ropa, pero esa noche, sola en casa, decidí convertirme del todo en la mujer que él quería ver.
Frente al espejo, con la luz tenue y la música baja, descubrí que la mejor compañía esa noche era la mía: mis manos, mi vibrador y unas ganas que no paraban de crecer.
Nunca me gustaron los peluches como regalo. Hasta el fin de semana en que me quedé sola en casa y entendí para qué servía de verdad el que me dejó mi ex.