Aquella caja negra encima del armario lo cambió todo
Sabía que estaba sola en el piso. Por eso, cuando bajó la caja negra que sus amigas le regalaron, ya no pensaba en los apuntes que la esperaban sobre el escritorio.
Sabía que estaba sola en el piso. Por eso, cuando bajó la caja negra que sus amigas le regalaron, ya no pensaba en los apuntes que la esperaban sobre el escritorio.
Empecé con espejos en el suelo y terminé descubriendo a mi vecina desnuda desde mi terraza. Cada vislumbre fugaz se convertía en una droga.
Hace meses que Esteban dejó de existir. Me despierto cada mañana enfundada en seda rosa, lista para servir a la mujer que reescribió mi mente entera.
Llevaba días caliente y sin un solo minuto a solas. Ese viernes reservé una habitación, saqué el vibrador de la caja y decidí que esa noche era mía.
Esperaba mentiras la noche que lo confronté. No esperaba mojarme imaginándolo de rodillas, transformándose en lo que siempre había querido ser.
Cuando salí del baño con el plug todavía dentro y el cuerpo depilado, supe que aquel día entero le pertenecía a ella y a sus reglas.
Empezamos hablando por mensajes. Acabamos viéndonos desnudas bajo la misma luna roja, cada una en su ciudad, cada una con la respiración del otro lado de la pantalla.
Su novio jugaba con el móvil a un metro mientras ella entornaba la cortina del probador y, cada vez que se desnudaba, comprobaba con la mirada que yo seguía allí.
Cuando se giró en aquella tienda de pueblo, pensé que era una mujer. Llevaba unos jeans blancos, las uñas pintadas y un secreto que no descubriría hasta quedarnos varados en la carretera.
Cuando abrió la bolsa encontró un sujetador color burdeos y una nota: «Familiarícese con las sensaciones. Mañana empezamos en serio». No había vuelta atrás.
Pocas veces mando fotos: es peligroso. Pero ese chico me dio confianza, y entre medias negras y mensajes a medianoche me convertí en la protagonista de su mejor fantasía.
Esa madrugada me puse la falda, las medias y los tacones que escondía en el armario. No sabía que, al otro lado del rellano, alguien había estado mirando.
Me depilaba entero, me ponía medias y ligueros a escondidas. Nunca imaginé que un congreso de la empresa terminaría conmigo entregado a otro hombre.
Amarrada en su sillón, con el vestido de princesa y la cara pintada, escuché que golpeaban la puerta. Y entendí que esa noche dejaría de ser solo suya.
Las dejé junto a la lavadora como una prenda más, pero en cuanto las acerqué a la nariz supe que esa mujer lo había planeado todo desde el principio.
Frente a la pantalla, con un trapo entre los dientes para no gritar, obedecí cada orden de un hombre al que nunca le vi la cara. Y volvería a hacerlo.
Él me lo pidió desde la pantalla y yo obedecí: abrir la ventana, dejar caer la ropa y dejar que esos hombres me miraran sin pudor.
Esa mañana no había nadie en casa para escucharme. Solo el espejo, mis tacones y la voz de un hombre que vivía dentro de mi cabeza.
Todo empezó por una foto en el teléfono. Diez días después no puedo levantarme sin pensar en el momento del día en que voy a meterme mano otra vez.
Llueve, no hay nadie en casa y la serie que puse para dormir terminó en otra cosa. Entonces recordé dónde guardaba mi juguete rojo.