Mi estudiante de intercambio me sedujo en el sofá
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Cuando abrí esa carpeta vieja en su computadora, no imaginé que una foto de ella iba a ser el principio de mi propia traición.
Llevaba dos semanas espiándola desde mi cocina cuando la tormenta sacudió el edificio. A las once llamó a mi puerta con el camisón blanco y los ojos muy abiertos.
Mi hija dejó la copa, se quitó los leotardos en el sofá y me miró con una sonrisa que no le había visto en diez años. Fuera, la primera nevada del invierno cuajaba en el ático.
Cuando Aitana entró en la cafetería con esa camiseta ajustada, supe que no íbamos a hablar solo de pasos de baile. Tampoco íbamos a tomar café.
Hablamos durante semanas sin enviarnos una sola foto, hasta que ella me dijo que quería ser la primera en hacérmelo, en persona, en su cama.
Llevábamos nueve meses sin vernos. Cuando Renata abrió la puerta y me abrazó, sentí algo distinto contra mi pecho que no entendí hasta esa tarde.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.
La chimenea encendida, el champán perdiendo su frío y yo en bragas frente al fuego. Esperaba a Helena, recién duchada, oliendo a perfume y promesas.
Tres días después de lo del jardín, mi profesora todavía tenía mis bragas. Esa tarde le dejé una nota en su escritorio para recordárselo.
Le dije que nunca había besado a nadie. Mi mejor amiga sonrió, me apartó un mechón del flequillo y me ofreció enseñarme aquella misma noche.
Cuando su mano se posó sobre mi muslo y me preguntó si alguna vez había estado con otra chica, supe que esa siesta de verano no terminaría como las otras.
Pensaba que solo me estaba siguiendo el juego, hasta que me llevó a su departamento sin pedir permiso y entendí que la noche no terminaría con una copa.
A los dieciocho años creía haberlo visto todo, hasta que mi prima bajó las persianas, puso esa película y empezó a acariciarse sin quitarme los ojos de encima.
Pensé que era una broma cuando me lo dijo entre cucharada y cucharada. Pero al día siguiente ya estaba llamando a Lorena para proponerle un viaje distinto al habitual.
Cuando el aguacero nos dejó empapadas, ella me ordenó quitarme la ropa mojada y empezó a desnudarse sin pudor. Intenté disimular el temblor en mis manos.
La cortina granate me separaba de la calle vacía. Mara se inclinó a cerrarme los corchetes del body y, sin avisar, sus dedos se quedaron un instante de más.
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
Me senté a su lado sin saber que sus dedos iban a llegar más lejos que los de cualquier amante anterior, ahí mismo, en la penumbra de la mesa.
Me oculté tras la columna sin pensar. Lo que vi en esa ducha del gimnasio cambió mi forma de mirar a las otras mujeres del vestuario para siempre.