Una desconocida me miró en la playa y todo cambió
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.
Cuando se dio vuelta en el vestuario con esas tetas operadas apuntándome a la cara, supe que la salida con las chicas iba a terminar de un solo modo.
Cuando sus dedos rozaron los míos sobre la mesa, supe que esa noche iba a recuperar algo que mi novia llevaba meses haciéndome olvidar de a poco.
Cuando le abrí la puerta de mi casa pensé que le estaba haciendo un favor. Cuatro horas después descubrí que llevaba meses deseándola sin saberlo.
Renata me empujó al salón con un vestido que no era mío y una mirada cómplice. Y ella, la mujer que me intimidaba desde hacía meses, ya me estaba esperando abajo.
Abrí los ojos con su respiración tibia en la cara y entendí que la maratón de la noche anterior no había sido un sueño. Ella seguía ahí, mirándome.
Cuando escuché sus pasos en la escalera ya estaba desnuda al borde de la cama, sin entender por qué lo había hecho ni qué iba a pasar cuando entrara.
Llevaba un mes mirándola desde mi ventana sin atreverme a saludarla. Esa noche, la aplicación me asignó un domicilio en su misma puerta.
Aquel mediodía de agosto las primas extendieron el mantel a la sombra de un roble. Lo que Lucía le preguntó después cambió todo entre ellas.
Llegué del trabajo arrastrando los pies y la encontré esperándome en el rellano, con la sonrisa de siempre y un bolso lleno de cosas que no estaban en mi presupuesto.
Cuando me besó frente al auto, supe que no era el alcohol. Era todo lo que había callado durante diez años saliéndole por fin de la boca.
Nunca había besado a una mujer. Pero aquella mañana, en el probador de una tienda casi vacía, ella puso las manos en mi cintura y dejé que pasara todo.
Cuando entró al baño no esperaba que se arrodillara entre mis piernas, ni que su lengua decidiera por mí lo que llevaba años evitando preguntar.
Aún me recuerdo encima de ella en aquella cabina, con sus piercings de plata contra mi lengua y la promesa de un Uber esperándonos abajo.
Aquella noche descubrí que mi tía Catalina escondía algo bajo su apariencia de esposa modelo, y que yo iba a ser la primera en averiguarlo.
Yo era su asistente. Trabajábamos doce horas al día. Esa noche, descalza en su sillón, me miró como nunca antes y supe que algo había cambiado para siempre.
Treinta y dos años, uñas rojas y una manera de mirar a las mujeres que parecía un saludo y una pregunta. Yo era una mujer casada. Eso, hasta la noche que olvidé las llaves.
Hacía frío y le ofrecí mi cama como tantas otras veces. Cuando me desperté, su mano ya buscaba algo que no era abrigo.
Compartimos cama porque hacía frío y su marido estaba borracho. A las once y media apagamos la luz. A las doce yo ya tenía la mano sobre su muslo.
Sus manos me rozaban los senos cuando me ayudaba con las pesas. Yo fingía no darme cuenta hasta la mañana en que se las apreté yo a ella frente al espejo.