Lo que ocurre entre nosotras cuando llego tarde
Llevaba todo el día esperándome y yo lo supe antes de que dijera una sola palabra. El delantal, su sonrisa, y el calor que salía de ella.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Llevaba todo el día esperándome y yo lo supe antes de que dijera una sola palabra. El delantal, su sonrisa, y el calor que salía de ella.
Llevábamos semanas hablando por mensajes. Cuando al fin la vi llegar con esas mallas ajustadas, supe que esa noche iba a ser diferente.
Estaba tumbada boca abajo cuando llegué y sus curvas bajo el sol eran imposibles de ignorar. No debería haberla tocado. Lo hice de todas formas.
Cuatro semanas mirándola moverse entre las mesas, deseando lo que no me atrevía a nombrar. Después de eso, nada volvió a ser igual.
La había deseado desde los veinte años. Cinco años, un matrimonio y un niño después, Elena apareció en mi puerta.
Pasé la noche en vela después de que mi hija nos pillara. No sabía cómo afrontar la mañana. Mi amiga Marta lo cambió todo con un mensaje.
Habían forcejeado para sacarme un secreto. Lo que no sabía era que ellas guardaban algo mucho más grande, y que esa tarde iba a cambiar nuestra familia para siempre.
Claudia la miraba de esa manera que Sofía ya no podía seguir fingiendo no entender. Esa tarde ninguna de las dos iba a apartar la vista.
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Éramos dos mujeres en la misma cama, mi marido dormía en el suelo, y yo llevaba años preguntándome cómo sería rozar la piel de otra mujer.
Sus manos en mi cuello, ese martes, me dejaron en claro que entre Vera y yo había algo que llevábamos meses sin atrevernos a nombrar.
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Abajo estaban los invitados, el sacerdote y mi recién estrenado marido. Arriba, Isabel cerró la puerta y me miró de una manera que conocía demasiado bien.
La excusa fue una app de pilates y su salón vacío. Lo que pasó después no estaba en ningún ejercicio del programa.
Me pidió que fuera despacio porque era su primera vez con una mujer. La tuve desnuda al borde de la piscina y sus gemidos se mezclaron con los grillos del verano.
Sofía se arrodilla en silencio, sin que yo tenga que pedírselo dos veces. Ahí es cuando entiendo por qué la contraté. Y por qué nunca la dejaré ir.
Lorena tenía fama de que le gustaban las mujeres. Yo nunca le había dado importancia hasta aquella mañana de primavera en que quedamos encerradas las dos.
Fregaba los platos con los guantes de goma puestos cuando la mujer de su amante le susurró al oído lo mucho que le había gustado su marido.
Cuando entré a la sala y vi que había 198 personas desnudas esperando mi señal, entendí que había cruzado un límite del que no quería volver.
Me fui al convento a escapar de lo que sentía. Allí conocí a Valeria, con sus pecas y su mirada esquiva, y entendí que hay deseos que no se pueden rezar.