Mi compañera de piso me esperaba sin nada debajo
Solo llevaba una camiseta vieja y la luz del flexo le marcaba los pezones a través de la tela. Yo todavía no había soltado el abrigo cuando supe que esa noche no íbamos a dormir.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Solo llevaba una camiseta vieja y la luz del flexo le marcaba los pezones a través de la tela. Yo todavía no había soltado el abrigo cuando supe que esa noche no íbamos a dormir.
Llevaba semanas escribiéndome con ella sin saber que vivíamos a quince minutos. Cuando me mandó la dirección a la una de la madrugada, no lo pensé dos veces.
Bajé del baño envuelta solo en una toalla y dejé que se cayera frente a ella. No era la primera vez que me veía desnuda, pero sí la primera vez que importaba.
Cuando Mariela le pidió que se quitara también las bragas, Carla buscó en los ojos de su madre el freno que esperaba. No lo encontró. Lo que halló fue una sonrisa cómplice.
Llevaba un bikini de chapa y la mitad del cuerpo al aire cuando ella apareció vestida igual que yo, sonriéndome como si ya supiera cómo terminaría la tarde.
Cuando le ofrecí ducharnos juntas para quitarnos el sudor, pensé que sería un gesto inocente. Su forma de mirarme desde la puerta del baño me dijo otra cosa.
Habían pasado veinte minutos desde que Renata se fue con su acompañante y yo seguía con Sofía entre las piernas, respirando despacio sobre la arena.
Renata cruzó las piernas sobre el sillón del despacho y, sin que nadie la viera, me dejó claro con una sola mirada que esa tarde ya no íbamos a hablar de expedientes.
Llevábamos tres meses sin vernos a solas. Cuando entró al departamento, traía el pelo de un rojo intenso y esa sonrisa torcida que nunca pedía permiso.
Adela había evitado siempre ser tocada. Aquella madrugada de enero, una desconocida de piel translúcida se sentó en el borde de su cama y supo que no podría apartarla.
Llegué a su casa pensando en una peli y dos cervezas. A las cuatro horas estaba desnuda en su sofá, descubriendo que las habladurías del pasillo no eran habladurías.
El agua hervía y el vapor llenaba la mampara. Marina me embadurnó el pezón con espuma y sonrió, y yo entendí que aquella ducha no iba a ser como las anteriores.
Eran las ocho de la mañana, mi novia seguía dormida y yo no podía soltar el móvil. Lo que empezó como un rato sola terminó con las dos empapadas y la sábana al cesto.
Llevaba dos años sin verla cuando golpeó mi puerta hecha pedazos, con la frente empapada y un nombre que no era el mío en los labios.
Cuando le pedí que me alcanzara el champú, no esperaba que apartara la cortina y se quedara mirándome con la mano sobre el pezón.
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y los gemidos al otro lado de la puerta entreabierta me clavaron al piso.
Cuando ella se inclinó para despedirse en la puerta, su boca buscó la mía y todo lo que había enterrado durante años volvió a despertar de golpe.
Cuando crucé el pasillo con sus bolsas en la mano, no imaginé que una hora más tarde estaría desnuda en su sillón, mordiéndole el cuello.
Hacía dos meses que esa mujer me arreglaba las uñas en mi sala. El sábado compré vino, me puse un vestido rojo sin tanga y decidí que esta vez no iba a quedarse solo en fantasía.